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La bandera mexicana sigue sin izarse en los podios atenienses. Los pasillos de las villas olímpicas contemplan el desfile de atletas de aproximadamente cincuenta países con el cogote soportando el orgulloso peso de las preseas. El mexicano calla, cabizbajo, y sonrojado por las cámaras de televisión, culpa a los malos días, a un mal segundo, al azar que se empeña en derrotar las buenas intenciones aztecas. De este lado del mundo, el espectador confirma sus temores cuando azorado lee en las tablas de posiciones los quintos lugares, los descalificados, los penúltimos, los golpes que los jueces no contabilizan (¡Chinguen a su madre! ¡Racistas!, gritó Julio César Chávez, evidentemente ebrio durante la transmisión televisiva del combate de un mexicano), la mexicana que se pasó ligeramente en el clavado decisivo, el eterno romance del aficionado y las derrotas de su selección, el siempre pierden, el siempre es lo mismo, el nada más se fueron a pasear, la mutación de un sí se puede a un me lleva la chingada.

Mexico MetallistasContadas son las victorias mexicanas, tan aisladas que para el recuerdo son de fácil aprehensión: Joaquín Capilla descendiendo perfecto hacia las aguas, Carlos Girón salpicando los sueños en los televisores nacionales, el sargento Pedraza reprochándose la medalla de plata en el 68, el Tibio Muñoz embrujado toca la pared de la piscina antes que nadie, Mena y el aullido de un bronce sagrado en Seúl, Soraya, bendita Soraya y ese rostro apretado soportando el peso de todo un país... Como errores de una serie, las pequeñas victorias nos han sido suficientes para exigir resultados y sentenciar a la hoguera el esfuerzo que no logra subir al podio.

¿Acaso somos una raza de perdedores? ¿Estamos destinados a observar con esperanzas de azúcar el desempeño fallido de nuestros atletas? Factores hay muchos: que la complexión física, que la mentalidad derrotista y con tenebrosas tendencias a la autodegradación, que la mala alimentación, que la melancolía... El Jamaicón Villegas, un jugador de la selección mexicana de futbol de hace unas cuantas décadas, no soportaba los viajes al exterior temiendo alejarse de los olores de su tierra, de la comida, de su familia. El llamado Síndrome del Jamaicón, parece ser un mal de todos los mexicanos. El esfuerzo de no requerir del cobijo vernáculo, y zafarse de la nostalgia y amor exacerbado al país, parece ser uno de los menesteres que impiden el paso decisivo a la competitividad deportiva.

El atleta nacional vive de sus recursos limitados, sacrificados y donados por familiares. Los dirigentes de las diversas instituciones deportivas viven de aportaciones federales que apenas alcanzan para satisfacer las necesidades de deportistas medianamente realizados. No hay seguimiento de talentos jóvenes. El talento mexicano muere a edad temprana, cuando la necesidad y otras distracciones roban el incipiente interés por hacer carrera en disciplinas deportivas. El sacrificio comienza con una mañana desoladora, tomar el camión y sacrificar un buen desayuno. El campo de entrenamiento en pésimas condiciones sirve de escenario para las suelas gastadas de unos tenis que salieron de alguna barata y fueron reconstruidos con pegamento. Empieza el esfuerzo, a correr, a sudar, y lograr una posterior victoria. Algún dirigente en entrevista con Joserra Fernández se cuelga el triunfo del atleta y es cuando nuestro héroe entra en escena nacional. Le asignan un entrenador personal calificado. El proyecto CIMA sale al quite y lo patrocina. Un buen panorama para personajes como Ana Gabriela Guevara. ¿Pero qué si al individuo ya no le alcanza para el camión o de plano se fastidia de andar corriendo sobre pisos deformes y cargados de dolor por las ampollas de sus talones? Muchos se alejan del camino y prefieren un buen desayuno para su familia que seguir alimentando los sueños olímpicos. Apoyo económico, un real scouting de jóvenes con aptitudes, y un poquitín de aliento verbal, si no fuera mucha la molestia.

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Somos sufridos, nos encanta la chilladera y los panoramas desoladores, cargados de laberintos engañosos, víctimas de ser mexicanos, víctimas de nuestra propia incompetencia, nos burlamos de la poltronería de nuestros gobernantes y no tenemos empacho en culparnos por lo mismo. Somos mexicanos, qué esperaban. Un nuevo descalificado en la pruebas de caminata, un nuevo tropiezo en los clavados, un gol fallado y otra derrota en el box, un mexicano más que se queja del compatriota que se rompe la madre en pantalla en alguna carrera de 10,000 metros porque le faltaron huevos, yo sí hubiera dado más por mi país, mientras se rasca la panza y termina con los asientos de la cerveza.

Vicente FernandezNo, no somos un raza de perdedores. Somos una raza que evita ganar para sentirse a gusto. Una victoria y subimos más allá de nuestros límites. La caída es pesada y volvemos desde cero, con menos ánimos. Y escalamos soñando con un triunfo que en realidad no queremos tener, porque es más sabroso acusar al mundo por nuestro sufrimiento, por nuestra eterna derrota, por no darnos chance en los últimos metros de la competencia, por no dejarse pegar. ¡Chinguen a su madre, pinches racistas!, gritó mi gran campeón mexicano, Julio César Chávez. A final de cuentas, ¿qué si no queremos salir de nuestro pedacito de tierra y comer tacos y mole hasta atragantarnos? El mundo y sus medallas pueden irse mucho a la tiznada. Tenemos todavía a Vicente Fernández para ahogar la pena.

Así sea.
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