|
Mi
butaca preferida sigue, y seguirá, como bola de ping
pong entre el balcón y mi sala. Así, puedo ofrecerles
crítica no de uno, sino de¡Dos! relatos muy cinematográficos:
uno provisto por el celuloide y otro por las ocurrencias y
disparates reales, humanos y muy queretanos. En esta ocasión,
compartiré un par de dramas con ustedes. |
La primera
película es un drama legal con chispitas de thriller.
El acusado es un padre de familia honrado, responsable, justo,
severo aunque lleno de amor... ¡No se vaya! siga leyendo,
por favor. Un día su pequeño hijo se enferma
gravemente, y corre con él a dos hospitales, donde
todos los empleados médicos los desdeñan repetidamente,
hasta que el chico muere en sus brazos. La penosa secuencia
de súplicas casi me hizo vitorear al ver, al otro día,
al padre con pistola en mano, usándola contra los doctores.
Y no fui el único: la prensa lo semicelebra, y su empresa
ofrece buen pago, apoyo y hasta un cargo importante al abogado
encargado de probar su “inocencia”. Pero el acusado
NO QUIERE escaparse de la cárcel; quiere honrar con
su responsabilidad la memoria de su
hijo. El abogado descubre una motivación maquiavélica
tras la benevolencia de la empresa: “papá asesino”
sólo puede ser liberado si es declarado demente, y
por tanto inepto para testificar sobre un enorme y lúgubre
proyecto, sobre el cual es el único testigo. El abogado
visita dos pueblos cuyos habitantes mueren lentamente por
los residuos tóxicos que la compañía
produce y vierte en sus cercanías. El gran conflicto
es claro y terrible: a)triunfar y liberar al hombre, impidiéndole
así testificar sobre aquellas maldades, y b) fracasar
y dejar al hombre en la cárcel, cosa le permitiría
hacer justicia a las víctimas.
Las actuaciones del reparto son tan buenas que casi infunden
vida en sus personajes bidimensionales. Estuve a punto de
creerles, hasta que un par de sermones y un innecesario romance
estropean la ilusión. |
La
otra película es una tragicomedia legal/política.
Las locaciones deslumbran con los destellos de las piedras
y los llanos semidesérticos, donde algunas empresas
grandes, conectadas con el gobierno, mandaron representantes
a no uno, sino ¡tres! pequeños pueblos. Su misión:
convencerlos de vender sus tierras a cambio de poco dinero,
servicios públicos y otros favores especiales. Muchos
papeles se firmaron con entusiasmo, y los pobres pueblerinos,
desconfiados pero esperanzados, estrechaban manos tersas...
En sus tierras se erigirá un magnífico aeropuerto,
que dará riqueza y gloria a todos. Para construírlo,
se les ofrece comprarles piedra y tierra dura, garantizando
así la cena de navidad para las familias. En un final
trágico (de esos que están de moda), un miembro
del gobierno se adelanta y regala a los constructores justamente
el material que los pueblerinos le iban a vender.
Uno no sabe si reir o llorar sobre las palomitas. Es difícil
creer a los pueblerinos, que nadan en la subactuación,
accediendo y desconfiando con la misma cara; al contrario,
la sobreactuación de los políticos es irrisoria...
debo incitar a esos actores a desencasillarse ya y buscar
otro tipo de personajes; sus papeles son una cascada de deja
vú’s. Ah, y que el departamento de maquillaje
haga barbas menos irrisorias, por favor.
¡Listo! Ahora, querido lector: no haga trampa y diga
en voz alta cuál de estos dos relatos es actuado en
Hollywood y cuál improvisado en Querétaro? |
| Respuesta:
El primer relato es “la confesión”, con
Alec Baldwin y Ben Kingsley, de David Hugh Jones. El segundo
sí sucedió, y tal como usted dice, no tiene
nombre... Protagonizado por un tal Fernandez de Ceballos,
las comunidades de Coyotillos, Viborillas y Navajas, en El
Marqués. ¡Hasta la próxima! |
|
 |
|