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Para
mí el cine es el arte de convertir sueños en
luz... sueños fascinantes y casi increíbles.
En esta ocasión sólo posé mis ojos sobre
historias mexicanas, y cortometrajes, además. Para
este número he escogido dos historias personales para
compartirles. |
Comenzaré
con una mini tragicomedia, que me recordó a “Man
On the Moon” pero sin Jim Carrey y 90% del presupuesto.
Resume la vida y muerte de Felipe, un acaudalado rebelde que
termina perdiendo la cabeza... ¿o no? En un original
collage, vemos su intensa vida estudiantil, su matrimonio,
negocios, dos bonitas hijas y el momento en que decide (no
queda claro si por loco o sincero) que su misión en
este mundo consistirá en calzar unos patines y gritar
su verdad a todo pulmón por las calles. Agradezco al
sonidista que respetara los gritos, fuertes y chillones, de
Felipe sin que me revolvieran el estómago. Es fascinante
verlo detenerse en cada encuentro con una mujer, agachar la
cabeza y hacerle caravanas: “bella dama, pase usted”;
apenas pasa la dama, vuelve a patinar y gritar: “¡Viva
el General Zapata, cabrones!” 
Mi escena favorita es la del seminario. El personaje, rompiendo
el silencio de la medianoche con sus patines durante 10 segundos,
despierta a todos con alaridos como “¡Martín
Lutero se casó con una monja! ¡Curas rateros,
nada más le hacen al pendejo!”. Todos los muchachos
se juntaban en torno a las ventanas, viendo extrañados
al hombre de pelo y barba largos y lentes negros, haciendo
aguda e intrascendente huella política con su caja
de bolero al costado. Una ingeniosa elipsis nos transporta
a una noche idéntica, donde algunos seminaristas lo
esperan con gorda manguera y tremenda empapada, que lo aleja
para siempre.
Esta extraña fusión de drama político
y comedia termina en tragedia con la cruda escena del descubrimiento
fortuito del cadáver en descomposición de Felipe
en un lote baldío. Hace mucho no me brotaba una lágrima
por alguien tan desagradable, ¿o no tanto? |
El protagonista del segundo
corto es un poco distinto: un niño de unos 11 años.
Tampoco tiene apellido (es más, ni nombre), y también
vive sus 10 minutos de pantalla en una obsesión. En
un verde prado hay una laguna junto a la cual espera el chiquillo;
mira un avión cruzando el cielo y corre. Cae cual felino
sobre el reflejo del avión, tratando de atraparlo...
y falla. En la siguiente ocasión se lanza con una cobija
para cubrir el reflejo, y sí lo tapa, pero al alzar
la cobija sólo se encuentra con la laguna turbia y
una cobija muy sucia. El regreso a su casa es un triste encuentro
con su molesta y solitaria madre,
que lucha por hacerles sobrevivir. El niño vuelve a
intentarlo, esta vez con una caja/trampa que acomoda estratégicamente
para esperar el reflejo del avión. Llega el avión,
cruza la superficie, el niño espera... el avión
entra, la puerta se cierra tras él, y... ¡Está
atrapado! El niño se lo lleva triunfal a su casa, donde
le espera una inesperada dificultad: el avión hace
demasiado ruido en su caja y no deja dormir a su mamá.
Es una película mucho más amable, cuyo realismo
y fantasía desentonan de pronto. No me dio tiempo de
identificarme tanto con este niño, pero por alguna
razón me asomo un poco más al cielo ahora.
¡Listo! No haga trampa y diga en voz alta cuál
de estos dos relatos fue filmado y cuál sólo
improvisado en mi ciudad. |
| Respuestas:
Don Felipe es un personaje bastante real y bastante famoso
en la ciudad de Querétaro, que fue considerado atractivo
turístico un tiempo. Todos le extrañamos. El
pequeño iluso es el protagonista de “En el espejo
del Cielo” de Carlos Salcés (1998), Ariel al
mejor corto entre muchos otros premios. |
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