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En la ciudad, hay una consigna:
"No amarás al extranjero".
Babel, sardónica,
se ríe del viejo emblema
mezcla lenguas diversas
declina los verbos muertos
y apostrofa en occitano.
Cristina Peri Rossi

A ser extranjera se aprende. Puede ser comprometidamente fácil o irremediable y complicado. La sentencia es sencilla, vivirla, no tanto. Hablo como siempre, con la única posibilidad que tengo: la que conozco. (Comprendiendo esto cada vez menos obviamente).

Empiezo por desmenuzar una situación casi hilarante: ser extranjera en la propia casa. La posibilidad de cualquier cosa –al entrar a una casa ajena– tiene sentido, no así cuando se entra al espacio físico vital de cada una. Sentir frío o miedo, sentir desconcierto y hasta curiosidad, suena confuso al tener esas percepciones justo en el momento en que la llave de la chapa ha girado. Y si eso sucede, no atino a pensar qué tanta bondad exista en esas señales. Más extraño aún, si adentro se tiene temor de cualquier cosa, de hacer ruido por ejemplo, aún cuando se tenga plena consciencia de que la casa está sola. Una entonces, ya es extranjera y quizá hasta probable exiliada.

Cambiar de ciudad, de amistades, de formas de vida, implica, quizá para algunos, un riesgo que se paga caro cada día. Por más felicidades y avances que se puedan tener, por mejores historias o tal vez extraños paisajes, siempre está detrás de uno, la sombra enorme de la distancia. (Ese filtro cruel que nos dice lo poco que nos queda entre las manos). Hay extranjeros felices de nunca volver, de jamás dar marcha atrás, de ni de soslayo observar quiénes o qué eran antes de estar parados en el lugar en que se encuentran. Hay otros que llevamos por bandera la nostalgia y seguimos la marcha con un poco de más peso –aunque eso depende de cada quién– que los que ya viven enteramente libres. Esta postura me es poco inteligente pero ¿quién dice que las saudades pertenecen al helado mundo de la lógica? Una, mexicana y con bandera. Entonces lo que viene: querer lanzarse al vacío como toda niña héroe o como todo niño heroíno. (Creo que Juan Escutia se inyectaba casi a diario, cualquier cosa). Lo más curioso del asunto es que cuando se retorna al lugar deseado –al origen–, la punzante quemadura de emigrar aparece al poco tiempo. Simplemente cuando se camina por las calles familiares con los ojos cerrados y nunca se tropieza. (¿La migración tendrá que ver algo con el masoquismo? ¿O el único parecido real que puedan tener será la eme?
Haciendo esta pregunta puedo notar que la coherencia emigró de mi cerebro hace algunos años).

En esta ciudad he escuchado muchas veces, esos juegos de palabras que deseando ser interpretados como gentilicios, con todo el rigor de la palabra, acaban como formas curiosas de la imaginería del migrante: Oaxacalifornianos, chiapanorteños, etc. Yo me asumo, me sé y me autobautizo ahora: Tijuanajuatense. No por nada el nombre de la ciudad donde nací, crecí y me deformé (Quanaxhuato en tarasco significa: cerro de ranas) y el nombre de la ciudad actual donde vivo, Tijuana, llevan en común no sólo la relación con los animales (allá batracios, aquí pollos y coyotes) sino que las dos, opuestas y cantarinas se carcajean a la par, del mundo, con su jua jua jua de por medio. Allá caóticasurrealbarroca y aquí caóticarealyurbana. Empiezo a darme cuenta de que son como unas primas que se llevan tremendamente bien y que añoran verse cuando están distantes. Esto es: las dos, solas, saben divertirse pero la pasan mejor si están juntas. Un detalle particular que ha marcado mi vida es que en Guanajuato, la casa donde viví la infancia y donde mi familia vivió más de cincuenta años, hoy por hoy es la casa donde el gobierno ha instalado las oficinas de la dependencia Comisión de atención al migrante y sus familias. Cuando supe esto, fue como si se cerrara la reja de aquella amada casa marcada con el número 150 y me entregaran una llave brillante y nueva para la irreconocible cerradura. ¿Azar? ¿karma? ¿o mera coincidencia?

Hace algunos años, con el pensamiento amarillista estúpido e ingenuo de las personas que no saben y que hablan por hablar, esto es, sin conocimiento remoto de causa, yo pregunté:

—¿A qué vas a Tijuana? ¿quieres que te maten? El interlocutor (que es un japonés sumamente inteligente, literato y traductor), se limitó a mirarme y sabio, guardó silencio. Además, hizo el misterioso viaje a Tijuana. Catorce años después de haber personificado esa historia, estoy por cumplir cuatro, viviendo intensa cada día, estas fronteras.

Hace tiempo, un poeta que vino de visita me preguntó mientras caminábamos un domingo por la calle Constitución, si me gustaba Tijuana. Literalmente dijo:

—¿Te gusta “esto”?
A lo que respondí segura:

—A todo una puede acostumbrarse.
Al hacer referencia a la costumbre ¿quise decir que ya asimilé la ciudad? ¿que ya no tengo otra salida? ¿o que estoy pagando mi cuota para ser extranjera en toda la extensión de la palabra? No lo sé. Lo cierto es que me he descubierto dentro de algún camión hacia la línea o en la parada de los taxis colectivos hacia Rosarito escuchando el grito al más puro estilo celiacruciano en la voz gravísima de algún chófer: ¡Arrooooozzzzz, ariiito!. Y descubro que llevo puesta en la cara una sonrisilla cómplice. Muy adaptada.

Cuando me descubro feliz, me llega, de a poco, el miedo. Un miedo extraño. El miedo de entender. ¿Qué son las ciudades sino los lugares que hacemos nuestros? Los sitios donde mezclamos los ecos de los pasos en otros territorios con los pasos que a nuestro lado suenan y marchan. He tenido la suerte de visitar algunos países donde no me he sentido extranjera en lo absoluto. No sé si la razón de esto sea que estuve sólo por periodos cortos y vacacionales, o si porque me sentí tan a gusto que era como andar mi casa. (La casa pequeña que tengo en construcción, que espero terminar un día y entonces, recibir a extranjeras y extranjeros para que se les olvide que lo son).

Es sabio eso de “tener por corazón un hotel”. Se trata simplemente de saber que el único lugar más transgresor y transgredido donde la gente siempre se siente placenteramente bien, es ese músculo palpitante que con o sin identidad, geografía, lengua o raza, los seres humanos llevamos dentro.

Amaranta Caballero Prado
amaranoia@hotmail.com
www.amarantacaballero.blogspot.com
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