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Zelu Lloyd
Una profesión que estoy seguro que no deseo es el derecho. Pero las historias de lo que sucede tras un crimen suelen quedarle muy bien al cine, y lo demuestro con este par de películas, que desde luego vienen tanto del celuloide como de la vista que me da mi queretana butaca.
Un abogado joven y hábil debe reunir la valentía para defender a un hombre culpable contra una sociedad aún más culpable. Un grupo de muchachos secuestran, violan y asesinan brutalmente a una niña de diez años; para su desgracia, la niña era negra. Se entabla un juicio, pero los muchachos sufren un juicio blando y es evidente que no sufrirán las consecuencias. El padre de la niña toma un rifle y mata a sangre fría a los violadores en un juzgado. Desde luego, él mismo es juzgado por asesinato y su destino es mucho menos agradable. Su abogado, el protagonista, debe decidir si defenderá al hombre. Lo hace, desde luego, enfrentándose a los grupos racistas, que amenazan y recriminan, tanto a él como a sus seres queridos.

La frase cenital de la película viene cuando el abogado describe en horrendo detalle las vejaciones hechas a la niña, se acerca al jurado con la foto de la niña y les dice: “ahora imaginen que es blanca.” Eso hace a cualquiera revolverse de llanto y rabia en el asiento, marca la dicotomía negro/bueno – blanco /malo, define la ¿¡inocencia!? del padre y hace héroe al abogado y quienes lo apoyan. Todo está muy bien, todas las cuerdas de nuestro corazón vibran, y uno no se hace preguntas mientras ve la película. Pero pasa un tiempo y uno se da cuenta que la película es un retrato del heroísmo del abogado blanco y sus amigos blancos, con pretexto negro… como dijo Roger Ebert: “Hollywood… qué tal si los personajes negros fueran blancos?”. De cualquier manera, es una película recomendable.
La siguiente película comienza así: Una noche que unos muchachos en plena juerga se pelearon con un hombre que conducía una costosa camioneta BMW negra. Tuvieron un conflicto vial, detuvieron los autos y se bajaron a discutir. Los detalles son confusos, pero el hombre sacó una pistola y disparó a uno de ellos, quien murió ahí mismo. Varias semanas después, un sobreviviente dijo reconocer al asesino en la sección de sociales de un periódico local. Era el hijo de un famoso y poderosísimo empresario, David contra Goliat.

Los agentes de policía pusieron manos a la obra… Unos minutos después, se acabaron las evidencias y la investigación se frenó pronto. El padre del muchacho muerto, de luto todavía, se unió al testigo principal para perseguir y encarcelar al junior.

Esta aventura legal no rompe reglas pero las aplica efectivamente. Reboza de frases golpeadoras (“...ellos no perdieron un hijo, yo sí...”) y presiona todos los botones de llanto y rabia que se le pueden presionar al público. Lo más memorable de esta película es la incertidumbre; estamos siempre al tanto de los amigos y familia de la víctima, pero nuestra postura tambalea con varios recuerdos y testimonios que sugieren la inocencia del acusado. Desde el principio me puse de parte del muchacho que acusa, pero disfruté con la posibilidad de que, después de todo, mintiera. Eso sí, el final le dejará con el corazón sacudido, sin importar de qué lado esté.
Respuestas: Algunos de ustedes han visto la emocional y adorable película “A time to Kill” con Samuel L. Jackson, Kevin Spacey y otros actores importantes haciéndonos indignar en la butaca. Miguel Ángel Hernández murió el 27 de noviembre pasado, y un amigo acusa a Federico Ruiz Lomelí, hijo del presidente del grupo Fomento Queretano (o sea: la Coca Cola estatal), del homicidio. Efectivamente, la policía continúa con el predecible e insoportable veredicto de que “nadie fue”.
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