Aquella
mañana de diciembre desperté con unas ganas de escribir
un epitafio, sin pensar siquiera en si algún día iría
a morir, o como sería si lo hiciera. Simplemente sentí
que tenía que hacerlo. Busque mi cuaderno de apuntes en donde
tomaba las notas de la escuela. Encontré apenas un par de
hojas en blanco. Cuando uno comienza a escribir un epitafio, es
difícil decidir que es lo que se quiere que la gente lea,
en especial si se sabe que uno ya va a estar muerto para entonces.
No quería caer en cursilerías, pero también
tenía planeado dejar en claro todos los sentimientos que
tenía por la gente que quiero. “La vida es un sueño
dentro de otro, que es la vida total del hombre”. Que mejor
inicio, un poco filosófico y todo. Pero después me
pareció que ya lo había escuchado en otro lugar, dicho
con la voz de alguien mas, sin embargo no podía recordar
quién era el verdadero autor. Me sentí tan hipócrita
como debe sentirse un diputado, llegando a su casa por la noche
y recordando toda la basura que le ha dicho a la gente durante el
día.
Como acababa de despertarme y aún estaba en calzones, el
frío de la mañana empezó ha tener sus efectos
en todo mi cuerpo. Me levanté y busque mis pantalones, los
mismos que usaba todos los días. Dejé el cuaderno
sobre la cama y fui a la cocina a preparar café. En el transcurso
imagine como me sentiría si en verdad supiera que iba morir.
Lo que llegué a recrear, no se parecía en nada a como
yo me sentía aquella mañana. El sol entraba en toda
la casa con un tono dorado que le daba a las paredes un toque meloso.
Los árboles brillaban de lo verdes. En realidad yo brillaba
de la misma forma que todas las cosas y me sentía muy bien.
Pero aún así no podía dejar de pensar en la
muerte. Si no en la mía, por lo menos en la muerte en general.
El café estaba listo y prendí un cigarro para acompañarlo,
no hay nada mejor que una dosis de nicotina y cafeína por
las mañanas. Me encontraba en un dilema que no tardé
mucho en resolver. Si no podía crear un epitafio para mí,
porque me sentía muy feliz como para pensar en mi muerte,
crearía un personaje tan miserable que no me fuera difícil
escribir algo acerca su muerte.
Regresé a la cama con la taza de café en mi mano.
En cuanto vi el cuaderno tirado, supe como era el personaje que
yo quería que muriera. Un escritor. Joven, aunque no mucho.
Que ha pasado su vida buscando tantas respuestas a temas abstractos
que perdió total noción de su realidad. Que vive solo
en medio de una gran cuidad. Que carece de anhelos, que solo vive
por que sus células se resisten a lo que su mente ordena:
morir de una vez por todas.
“Ahora
que la muerte se posa en el umbral de mi existencia, tengo una última
cosa que decirte a ti, narrador meditabundo. La sabiduría
total no se encuentra en la felicidad y sobre todo, tampoco radica
en la tristeza. La euforia que brilla en tus ojos cuando crees que
te ha sido otorgado el don de crear vidas, de destruirlas, o manejarlas
a tu antojo, es plástica y falsa. Yo soy un ente que vive
en paralelo a tu existencia, pero más real que tú.
Te escribo a ti que has decido sobre mi vida y que me has puesto
a la muerte en frente. Te escribo porque es lo único que
se hacer. No me has otorgado el derecho a conocer algo más.
Sin embargo, he descubierto un absurdo que le da sentido a todo.
Ahora, en vez de explicarme los porqués de mi muerte, dedico
los últimos momentos a crear un personaje en donde pueda
renacer. Cuando termines de escribir en tu cuaderno, tan inconscientemente
como lo haces, yo habré terminado de crear un personaje idéntico
a mí. Él vivirá en una ciudad tan parecida
a la que tú has escogido para mí. Y así cuando
des el punto final a tu texto, yo naceré inmediatamente en
otro lugar. Tal vez escriba algo acerca de ti. Tal vez termine con
tu vida, como tú lo haces ahora con la mía. Hasta
entonces me despido de ti, mi verdugo narrador.”
Cerré el cuaderno sin releer lo que acababa de escribir.
Salí del cuarto y busqué más café. Por
alguna extraña razón sentí que algo era distinto.
Algo en el brillo del sol, algo en los árboles. Incluso presentía
algo distinto en mí. Conforme llenaba la taza con café
caliente, un mareo intenso se apoderó de mi cabeza. Vomite
sobre la mesa. Corrí al baño y seguí vomitando
hasta que salió sangre de mi boca. Supe de inmediato que
estaba muriendo. No perdí el tiempo preguntándome
por qué. Quise entonces escribir un epitafio acerca de mí,
pero lo único que logre hacer fue una descripción
precisa de mí, de mi ciudad, de mi vida. Escribí tan
rápido como nunca lo había hecho. Sentí a la
muerte acercarse al ritmo de los segundos en mi reloj. Cuando termine
con la descripción, escribí una pequeña nota
hacia alguien que no recuerdo. Supongo que era dios, porque hablaba
de él como si fuera dueño de mi destino.
Después no sé realmente lo que pasó. Desperté
de nuevo en mi habitación. El sol apenas se asomaba. Supongo
que me quede dormido todo el día y la noche. La mañana
era fría. Me preparé un poco de café y prendí
un cigarro. Tenía ganas de escribir, no sé, tal vez
de crear un personaje. Busqué mi cuaderno de apuntes, pero
no encontré ninguna hoja en blanco. Termine mi café
y salí a la calle para comprar un nuevo cuaderno. Realmente
tenía ganas de escribir esa mañana, casi como un ansia
vengativa. En la esquina de la avenida había un montón
de gente acumulada. Me acerqué para ver que estaba pasando.
Había un hombre muerto. Un paramédico lo topaba con
una sábana blanca. Todos decían que había muerto
de la nada, que de repente se desplomó sobre el pavimento.
Uno dijo que era escritor, que su último deseo había
sido una hoja de papel y un lápiz. Yo seguí caminado,
de pronto se me quitaron las ganas de escribir.
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