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Una particularidad distingue a San Miguel de Allende, Guanajuato, de entre muchas entidades del país. No sólo es una de las ciudades más visitadas en el mundo, sino que también resulta misteriosamente un lugar magnético para que diversos extranjeros de distintas nacionalidades lo adopten como su hogar. De esta forma, un buen porcentaje de la población son residentes foráneos.

Esta fusión cosmopolita ha creado una amalgama entre lo colonial y lo extranjerizante. La logística de las calles lleva por caminos impensables, calles verticales y vertientes empedradas que discurren en callejuelas y plazas, que siguen sorprendiendo a los mismos residentes. El color abunda en sus paisajes urbanos. En alguna ocasión, la poetisa Elsa Cross, dijo que normalmente asociamos un color a las ciudades: para Mérida el blanco, León el verde, etc. Pero al hablar de San Miguel, más bien llega a nuestras mentes una especie de collage indescifrable.

El centro sanmiguelense nos presenta una iglesia en prácticamente cada esquina, que datan de la época colonial. Las influencias del barroco de esa época, ostentoso y muchas veces no muy bien armonizado, se pinta de su radiante cielo y halagüeño sol, escupiendo expresionistas influencias de color. Tan internacional como los rostros, razas y sangres, Pedro Vargas, el tenor mexicano, brotó de las entrañas de este singular pueblo, destinado a emanar los aires internacionales de su cuna.

Un sábado cualquiera en San miguel de Allende: el sol repica verticalmente en la plaza principal, frente a la parroquia de San Miguel Arcángel. Los niños corren de la mano de sus padres, y cruzan inconscientes de su propia inocencia por donde descansan los residentes extranjeros, en las bancas coloniales escoltadas por basureros con inverosímiles anuncios de cocacola. Sus facciones que delatan los años se quiebran ante las pláticas que socorren años de su juventud. Toman café, fuman cigarrillos, ríen y leen el “Newsweek”. Los vendedores de fritangas, refrescos y helados se asientan a contemplar la tranquilidad que invade las estructuras coloniales de este singular pueblo. Llega la tarde, la sangrante puesta del sol filtrada en la gótica estructura de la iglesia, indicando el momento de levantarse y llegar a casa a descansar y ver televisión.

Este no es un sábado cualquiera en la ciudad natal de Ignacio Allende, caudillo de la independencia mexicana. El calor no cambia, pero la temperatura del carácter de los residentes extranjeros ha aumentado considerablemente. Por momentos la plaza parecía estar en el estado acostumbrado, pero la llegada lenta y pausada de la gente, provoca que en unos cuantos minutos el centro del pueblo parezca un hormiguero centelleante. Comienzan a ser colgadas pancartas que hacen alusión al error de ésta y todas las guerras de la historia. “We don’t want a III World War”, “Not in my name”, “Make love, not the war”, “I’m not the only one”, son algunas de las leyendas rezadas ante el incesante sol. Es preparado un atril en un recinto, y la gente se arremolina alrededor. Blancos, negros, orientales y mexicanos, cargados de pancartas logradas con originales lemas, se unen para levantar en lo alto los dedos índice y medio, resucitando el amor salpicado de espiritualidad. El símbolo de “amor y paz”, es bienvenido por todos aquellos que residen en San Miguel de Allende.

El sacerdote de la iglesia unitaria del pueblo “Saint Paul’s Church”, toma la palabra y desenrolla un discurso que parece abarcar tres páginas. La frase que impacta y provoca la algarabía de los simpatizantes de la paz retumba en los rincones de la plaza: “De usted depende, presidente Bush, ser recordado y querido, o ser odiado por la humanidad”. La frase populista, y que salió sobrando fue: “He asistido a manifestaciones en Nueva York, en Washington, en Londres, y créanme que ésta ha sido la mejor de todas”, la gente pareció no muy convencida y fingió algarabía y emoción.

Un grupo de niños norteamericanos y mexicanos subieron al recinto. Cada uno leyó una frase, los primeros en español, y los segundos en inglés. Una niña de aproximadamente once años, de pelo rubio y ojos claros, tuvo que batallar para pronunciar satisfactoriamente “No a la guerra”, resultando en una frase que sonó algo así como: “nou a la güerrau”. Los manifestantes extranjeros, conmovidos por el esfuerzo de la infante, contestaron con las manos en alto: “Nou a la güerrau”.

La presidenta de la junta directiva de la parroquia de San Miguel Arcángel tuvo su oportunidad de hablar. Emocionada, confundió varias palabras de su escrito, y dado que era en español, muchos de los manifestantes pusieron cara de incomprensión, y sólo reaccionaron ante la frase final del discurso de la mujer (muy bien vestida, eso sí), que involuntariamente se iba convirtiendo en el lema de aquella reunión: “Nou a la güerrau”.

Llegó el momento de la música. Un dúo de jóvenes subieron con unas guitarras acústicas y entonaron “Imagine”, de John Lennon. La multitud extendió en lo alto las pancartas y se movían tiernamente al ritmo de la música. La letra de la canción, entonada por los cientos de gargantas, derivaron en aullidos tan severos que era imposible platicar con murmullos en las cercanías del lugar. “You may say I’m a dreamer, but I’m not the only one”, decía una cartulina de un niño de unos trece años, que orgulloso la mostraba en lo alto.

Casi para finalizar, fueron colocados en exposición unos muñecos de dos metros y medio hechos de papel maché que mostraban a la muerte como compañera y cómplice del Imperio Norteamericano. Nadie quería perderse la oportunidad de fotografiarse con los curiosos símbolos, y las cámaras comenzaron a salir de todas partes.


La gente comenzó a gritar al unísono: “Nou a la güerrau”, cuando un automóvil negro comenzó a tocar el claxon intentado deshacerse de la bulla para hacerse paso y llegar a la parroquia. Estaba por comenzar una boda. Dadas las emociones embarradas de amor y amistad en todos los presentes (era un 15 de febrero, día posterior al día de San Valentín), el mar humano formó un camino para permitirles el paso. La novia salió entre aplausos y gritos de ánimo, lo que provocó la risa y el bochorno en la vestida de blanco. Nunca imaginó recibir semejante ovación el día de su boda.

Lentamente, uno por uno, los manifestantes se fueron retirando. La plaza en cuestión de minutos quedó vacía, y fue ocupada tan sólo por los vendedores de refrescos, fritangas y helados. Los viejos gringos ocuparon su tradicional lugar en las bancas de cocacola, y compraron el “Newsweek”, para seguir maldiciendo los desatinos de Bush.

El sábado parecía ser otra vez, un día común. Pero la esperanza ya había sido sembrada en los empedrados sanmiguelenses. No se había conseguido nada. El presidente de los Estados Unidos nunca se enteraría de ese reunión, ni influiría en alguna de sus decisiones. Pero se sanó la ira, la impotencia, y se pudo soñar. Porque bien vale la pena luchar pacíficamente por la esperanza.
e-mail: jjcastanedao1@hotmail.com
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