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Zelu Lloyd
Toda historia, desde antaño, sigue generalmente esta fórmula: Un protagonista lucha contra un obstáculo para lograr un fin. El obstáculo puede ser rey, asesino, enfermedad, ejército, robot del futuro, suegra o el peor y menos vistoso de todos: uno mismo. Nadie levante la mano… hablo de los personajes de las “dos” películas de esta ocasión.
Wilbur y su hermano Harbour (supongo que un tercer hermano se llamaría Seymour) viven solos tras la muerte de su padre, quien les heredó una agradable pero caótica librería. Haciendo esfuerzos por mantenerla funcionando, Harbour también debe mantenerse cuerdo con los constantes intentos de suicidio de su hermano, quien ya pasa de los veinte años y sobrevive a pesar de muchas píldoras, gas, una soga, el filo de un alto edificio y un frío río. Él mismo vive triste, tratando de mantener con vida a su hermano, apenas notando las insistentes sonrisas de una de sus pocas clientes, Alicia.

Cuando le toca a ella salvarle la vida a Wilbur al intentar ahorcarse, entra a la vida de los dos, acompañada de su hija Mary, quien se vuelve amiga de Wilbur. Juntos, logran revolucionar la tienda y verter luz sobre la vida de todos. Pasa la mitad de la película relatando sorpresas, ironías, el lento descubrimiento de la belleza de la vida, el valor de las pequeñas cosas y al final... alguien muere. En un mundo donde sólo el destino no es noble, el espíritu humano celebra. No parece haber artificialidad ni poses (a veces ni trama) en esta hermosa e inquietante película sobre segundas oportunidades y amor incondicional. Encuéntrela y disfrute de sentirse orgulloso de los errores que cometen los personajes.
Jesús quería ser diferente, asombrar a sus amigos, mujeres y, en secreto, a sus padres, que ya han comenzado a vislumbrar que los sesentas no fueron todo un éxito. Cuando él entró al partido de izquierda de su ciudad se quedó casi mudo ante la visión de sus sueños seguramente cumplidos.

Años después, todo marchaba bien: presidía la comisión de salud de la legislación estatal, contendía por la presidencia del partido, y recibía miradas de respeto. Pero un impulso interior lo derrotaba en cada batalla: mientras sus enemigos acechaban, Jesús disfrutaba haciendo pequeñas travesuras… coqueteaba, hacía favores fantasmales, se costeaba cosas sin delinquir realmente; a veces ni él mismo notaba su lado “oscuro”, que en realidad no pasaba de gris. Hasta que un día metió la pata.

En una larga escena de aeropuerto, Jesús tocaba su costado constantemente. Salía de vacaciones y parecía estar tenso al respecto. Algo ocupa su cabeza. Sudaba copiosamente. Su pasaporte cae de sus manos con estrépito justo al acercarse a la zona de seguridad de la sala. Dos guardias, un rincón, un perro y muchas palabras después, se desprendió un paquete que Jesús traía pegado al torso. El terrible contenido: veinte gramos de marihuana. Lo dejaron ir con sólo un regaño, pero la desgracia no se hizo esperar entre los colegas de Jesús. De pronto, era visible; cientos de preguntas sobre su debilitante adicción, su nombre pegado a “droga” en todos los noticieros, declaraciones de amigos, enemigos y desconocidos… los contendientes pidieron fuera rehabilitado, su propio partido le quitó su cargo, y toda esperanza de ascenso se esfumó… para el corto plazo. Habiendo comprobado quiénes le quieren a él y quiénes a su puesto, Jesús ha cambiado y mejorado, y se prepara nuevamente. En fin, ya lo dice la implícita moraleja: “El que se junta con lobos, que no se quite la piel de cordero”.
Respuestas: Le recomiendo ver Wilbur Begår Selvmord, 2002, o en español: Cómo suicidarse sin morir en el intento. Llorará y aplaudirá al unísono. No sé si recomendarle seguir el moribundo escándalo de Jesús Coca, diputado del PRD de Querétaro, quien no creo sea un adicto a la marihuana pero sí un tonto. ¡Cómo si en Los Cabos no hubiera!
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