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Fue lo último que dijo antes de colgar el teléfono, me calcé las botas y salí corriendo hacia su casa.

Realmente no sabía por que me preocupaba tanto por ella, no había sido más que una culera conmigo. Fue mi novia de toda la vida, desde la prepa hasta que cumplimos los 30. Justo el día de su cumpleaños me salió con la mamada de que se había dado cuenta que era lesbiana y se había enamorado de una compañera de su clase de Latín. Me rompió la madre, ella era toda mi vida. Yo no tenía amigos, ni parientes, ni nada que se le pareciera, mi existencia giraba en torno a ella y así nada más, con la mano en la cintura me dejaba por otra puta. Habían pasado ya 4 años desde aquel día y en todo este tiempo ella jamás me contestó una llamada, siempre se negó cuando la busqué y llenó mi alma de odio y rencor, me hizo desear matarla, verla sufrir y vengar la afrenta. Sin embargo, nunca tuve los huevos para hacerle daño. Así pasó el tiempo y ahora, como si nada, me llama para decirme que se va a suicidar.

La puerta no tenía puesto el seguro, síntoma inequívoco de que la muy hija de la chingada no estaba pensando seriamente en matarse. Ahí estaba ella, tirada en el sofá, con un revolver entre sus manos apuntando hacía su boca. La imagen era infinitamente sensual, seguía siendo tan hermosa como siempre, su falda corta y sus piernas abiertas me permitían ver lo que fue mío durante tanto tiempo, además, su cabello suelto y enredado sobre la cara, el rimel en sus mejillas, la blusa desabotonada y el revolver......

Ni siquiera me miró, balbuceaba que “su mujer” se había largado a Lisboa y que no regresaría. Decía que la amaba más que a nada en el mundo, que no podría vivir sin ella; por eso jalaría del gatillo y se volaría la tapa de las ideas.
Fui feliz, aquella perra que me había quitado el amor, ahora la dejaba y me daba a mí el gusto de ver a esta puerca sufrir. Tanto tiempo planeé mi venganza y jamás la ejecuté, pero ahora el destino me pagaba las cuentas pendientes.

Sobre la mesa de centro había una botella casi vacía de tequila barato y un puño de coca, era obvio por qué la estúpida no podía coordinar palabras, estaba hasta la madre de peda y soda. Me acerqué lentamente, cuando reaccionó la pistola ya estaba en mi poder. Puse el arma en la mesa, tomé sus frías manos y la besé en el pecho, hizo un intento por golpearme, pero su condición no le permitió siquiera acertar el golpe, se echó a llorar, intentaba algo parecido a pedirme un disculpa, decía que no quiso hacerme daño y no se cuantas pendejadas más. A mí eso no me importó. La tomé por los cabellos y la besé. No me respondió. Desgarré su blusa y besé todo su cuerpo, recordé todas y cada una de las ocasiones en que fue mía, la desnudé totalmente y la forniqué como a una perra. Al terminar estaba totalmente pérdida, seguramente no sintió siquiera que la penetré. Yo me sentía de poca madre. Disfruté el sexo como nunca, pero no era suficiente. Tenía que completar mi misión. Tomé de la mesa la pistola y la descargué sobre su cabeza, cuatro tiros certeros. Su rostro no podía reconocerse. Me recosté y la abracé por última vez, bebí un poco de su sangre y besé su boca inerte como quien besa a Dios. Había dos balas más en la recámara, por un momento pensé en usarlas en mí, pero decidí guardarlas para mejor ocasión. Por ahora tendría que disfrutar mi venganza al menos por unos días.
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