Fui
a Guadalajara para poder contar el final de esta historia. Habíamos
escuchado mitos sobre el rock y las legendarias mujeres de esa tierra,
que debíamos descubrir. Con rosas de ojos grandes como estrellas
y el buen viejo Jack White en la guitarra, ambas cosas serían
probadas.
Como en cada viaje en tierra azteca, la mitad de la aventura consiste
en llegar y regresar, y siempre habrá sorpresas. La Mesa
plateau en la autopista entre León y el espectáculo
de rock gritándose en un lugar sagrado, una impactante imagen
y validación de la magia de México. Esta misma fe
ciega en el invisible sistema inherente de derecho-de-vía
también debería ser aplicada repetidamente a las esquinas
ciegas de Guadalajara.
Guadalajara
está viva. Así como tiramos lastre en el hotel, unas
chavas guapísimas agresivamente me vendieron fruta que nunca
antes había visto. Cada plaza estaba llena de eventos culturales
abarcando todos los grupos demográficos y gustos. Y siempre
estaba a la mano un agua de horchata rosa. Pero tendríamos
que esperar para echar una buena mirada alrededor porque había
un concierto esa noche. From the Queen of England to the Hounds
of Hell, todos sabíamos que iba a ser uno bueno y divertido.
Las aventuras al cruzar el pueblo en un taxi chilled-out, bien fumigado
e inundado de reggae nos trajo a una locación que deseé
estuviera presente en San Miguel, pero nuestro ambiente no lo merece.
El montaje interior/exterior permitía que ocurriera una noche
perfecta y así como caminábamos hacia los Green Hornets,
el sistema de sonido se iba aclarando. Los Green Hornets arrollaron
con un set completo de rock que puso a bailar a todos. Bailar, dije.
No slam, no la rutina del meneo de cabeza o la versión más
fresa: hacer como que eres demasiado cool como para que te importe
lo que están tocando aunque hayas pagado para estar ahí.
No, como la ciudad, esta multitud estaba viva y los Hornets sonaron
y le dieron a estos chavos lo que querían. Fue muy agradable
ver música en vivo nuevamente.
Después de que los Green Hornets terminaron, los gritos les
dejaron saber que su trabajo estuvo bien hecho.
Entonces
la confusión reinó cuando los técnicos mejor
vestidos tomaron el escenario. Al principio parecía que eran
la siguiente banda, porque pusieron una cantidad de equipo que sería
el requerido por una banda de al menos cinco miembros. Pero entonces
los White Stripes hicieron una breve aparición a un costado
del escenario y el show comenzó con los aplausos y las porras.
En el mundo de las comparaciones del rock, los White Stripes son
un Who de dos personas. Es francamente increíble cuánto
sonido pueden emitir, aún con los tambores minimalistas de
Meg White. Pero entre las explosiones de Jack White están
esos siempre bien ejecutados silencios, los cuales realmente hacen
que me guste esta banda. En vivo y a cargo, mostraron que no son
una treta elaborada en el estudio. No, ellos son verdaderas estrellas
del rock.
Se aventaron las clásicas, pero puenteando cada canción
para formar un largo tren de rock y el público estaba arriba,
rugiendo como león enjaulado. Desde su divertido español
hasta las construcciones dramáticas de un solo golpe en el
tambor, los White Stripes tienen la habilidad de construir capas
y emociones hasta el momento exacto en que Jack White hace explotar
la canción, él mismo y junto con la audiencia. Rock
Show.
Entonces
vino la espera obligatoria por el encore. He aquí un consejo
para los primerizos: si no apagan los monitores, quédense
ahí. Y si la banda no ha tocado su hit radiofónico
todavía, con mayor razón. Pero el público se
estaba arrancando las pelotas para comenzar y la canción
7 Nation Army de plano puso a todo mundo a saltar. Y después
la magia ocurrió.
No era irónico, satírico ni nada, pero la audiencia
empezó a cantar ese estribillo de la guitarra que se queda
en tu mente hasta días después. Un artista en tierra
extranjera, debe amar las noches como ésta. Entonces Jack
echó la guitarra al lado y siguió cantando con el
público que proveía la melodía. Estuvo chido.
Aún más que todas esas niñas locas y bonitas
del club de fans del rock independiente de Guadalajara que abarrotaba
el lugar.
Por eso, si alguna vez tienes la necesidad de escuchar Rock en vivo,
piensa un poco más allá que los otros residentes de
la región central de México, la escena podría
estar más cerca del corazón de un aficionado. Y probablemente
dicho corazón, será más que roto cuando veas
esos ojitos tapatíos, aún si están mirando
amorosamente a Jack White. 
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