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La gringa y su perrito
El título del presente artículo podría mal interpretarse, dada la natural tendencia del ciudadano mexica a meterle jiribilla a las palabras y retorcerlas de tal forma que al final se topa uno con un significado chusco e inesperado: un sentido oculto que a través del filtro de la puntada y de la mala maña termina haciendo acto de presencia, donde la frase más inocente termina convirtiéndose en una comparsa de temas escatológicos y erotismo retorcido, siempre con el torzón cábula del chile, maíz y frijol.

De primera instancia, al leer el título del presente podría venir a la mente una situación gastronómica, donde el sustantivo “gringa” nos trae a colación una de las tantas variantes del sacrosanto taco al pastor. Por su parte, “perrito” nos podría hacer pensar en el tradicional “hot dog” gabacho, lo que hace del binomio en cuestión una contradicción en si mismo. Conforme nuestro siempre perenne cábula interior despierta, saltamos inmediatamente a una situación erótica, donde como buenos aztecas el término gringa serpentea y se retuerce en nuestro inconsciente con imágenes de cincuenta Britney Spears bebiendo hasta perder la poca conciencia moral que les queda en una disco exótica en la playa, o mejor aún, en un bar local, mientras nos las choreamos para que a diferencia de nuestras nacionales nos las presten sin compromisos a posteriori.

¿Y el perrito? Bueno, como todo buen caballero con antecedentes intachables de barrio sabe, cuando dicho término es aplicado en el contexto adecuado, hace referencia al movimiento de índole peristáltico que ciertas mujeres saben llevar a cabo con los músculos más nobles y que tanto placer y alegría lleva a los corazones del género masculino. Aquél que no sepa a lo que me refiero, no ha vivido como se debe. La combinación de ambos elementos, la gringa y el perrito, pueden llevar a cualquier carnal más cerca del paraíso que el Pambol y la Caguama, con todo y su camiseta del Chivas y su tía nadando en fondo en lo bajito — pese a sonar a sarcasmo.

Pero desgraciadamente el título de la presente no hace referencia ni a lo gastronómico ni a lo sexual, sino a una situación social que no deja de sorprender a propios y a extraños: un ente no nacional de edad indefinida pero en definitiva mucho más allá de una simple madurez, género femenino (probablemente), trapos y sombreros estrafalarios y con el factor contundente e imprescindible de traer una pequeña bestia de raza canina de bolsillo por todas las calles del pueblo en cuestión… Lo más sorprendente es que estos pequeños especimenes son tratados infinitamente mejor que sus propios hijos —aún asumiendo que éstos hayan conocido a Michael Jackson— obviamente mejor que el marido y por supuesto, infinitamente mejor que el resto de la raza humana. Son vestidos con Gucci, ornamentados con Fabergè y alimentados con caviar ruso de especies en vías de extinción. De hecho, mi conclusión final es que son estos pequeños animalitos los que gobiernan el mundo y con ello, a la raza humana. Me explico: Los perritos son mimados ad ridiculum y son sus amas quienes limpian sus necesidades, los bañan, los llenan de afecto y llevan a cabo hasta el último capricho que estos animalitos insaciablemente demandan. Ergo, es el perrito quien controla a la dama y no al revés, como comúnmente se piensa. Si tomamos en consideración que a su vez la dama controla al marido (¿quién tiene los pantalones para negar a esta afirmación?), la conclusión es obvia y tajante: Estos perritos controlan al mundo.

Son ellos quienes deciden qué postes van en los parques, qué árboles deben ser plantados y cuáles quitados, qué niños pueden jugar cerca de ellos, qué amigos pueden tener sus mascotas humanas, y en última instancia, qué países deben ser conquistados y dominados para poner a trabajar a los vencidos en fabricar sonajas y juguetes de carnaza. Así es, señores: la única razón de la invasión gabacha a Irak es porque a “Smuchies”, el perrito portátil de la Sra. Bush, se le antojó la perra de Saddam. De ahí la prisa por atraparlo y evitar el consecuente juego de palabras.

Ahora parece que a “Smuchies” se le está antojando una perrita morenita de Cuba o de Venezuela…

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