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Zelu Lloyd
Prácticamente cualquier historia puede empezar diciendo “Érase una vez”, pero en realidad muy pocas terminan con “...y fueron felices para siempre”. A veces también en las películas lo inesperado sucede y los malos ganan. A veces dominan a los buenos, a veces los buenos empinan la cabeza. Le presento dos ejemplos.
La primera empieza lento. Típica escena de parto: el padre da vueltas y fuma afuera mientras su esposa grita en la sala de parto; mira su reloj y toma su portafolio. Una enfermera cambia sus planes con el anuncio de su primogénito. Cuando el hombre se acerca, el rostro del bebé enciende una sonrisa y su manita le toma un dedo. El hombre sonríe enternecido, cuando se cuenta que el bebé está apretando y no lo deja ir.

Así comenzó su vida Jorge, creció aprendiendo de su abuelo senador y de su padre, haciéndose de amigos adecuados y estudiando una elegante carrera en Historia. Dispuesto a imitar en todo a su padre, asistió a las mismas escuelas, entró al ejército sabiendo que nunca iría a pelear, y salió para emprender el mismo negocio que su padre, una compañía petrolera, que quebró pronto. Inquieto, Jorge se postuló para el congreso, y perdió... Cuando su padre se convirtió en Presidente de la Nación, pensó que no sólo debía imitarlo, sino, tal vez, superarlo. Se convirtió en gobernador con la ayuda de los amigos de su progenitor y se lanzó en el patri-eco final: lanzarse también como presidente. A pesar de una inteligencia evidentemente limitada y deteriorada por la cocaína, ganó la contienda y gobernó mediocremente unos años. Aquí viene la parte que me molestó, la mágica coincidencia que convirtió este purgatorio en un Edén… Un ataque terrorista, que rompió huesos, causó pesadillas en todo el país haciendo salir el sol para Jorge. Se lanzó en papel de Ben Hur y convenció al país que terror con terror se paga. Retó su suerte bajándoles los impuestos a los ricos y aumentando el déficit presupuestal hasta un record histórico para ganar una segunda presidencia. ¿Por qué no seguí molesto cuando terminó? Por el final abierto, que me hizo pensar que tal vez esa coincidencia conveniente no lo era… El ataque cayó del cielo, pero nadie intentó agarrar un paraguas. Tal vez el guionista no es tan comodito como maquiavélico.

Ahora la segunda película…prepárese.
Son las dos semanas previas a las elecciones nacionales. El actual presidente es uno de los candidatos, y según los últimos conteos, puede ganar. Entonces, una niña entra a su oficina y él no resiste la tentación de meter la mano. Es decir, mete la pata. Se arma un escándalo que puede destrozarlo electoralmente, un monstruo que no puede ser asesinado. Así que deciden enterrarlo. Contratan a un comunicador con experiencia en los reportajes engañosos y a un director de cine para que cooperen en crear nada menos que ¡una guerra! A un país desconocido, por razones intrascendentes, a unos días de las elecciones. ¿Qué mejor para unir la opinión pública? El presidente se erige como salvador y figura cuasi divina para todos, y nadie nota que el material y la relación entre las noticias es absurda, porque es muy convincente. Sin embargo, las cosas no salen bien, el candidato de la oposición juega el mismo juego y deben cambiar la historia. El final es un poco más agrio de lo que debería ser.

Ambas historias demuestran que la inteligencia humana es muy permeable a la desvergüenza. Sí, me temo que una vez más ud. está dos pasos por delante de mí, amado lector, y ya sabe cual de esas historias es dolorosamente real.
Respuestas: Efectivamente, Jorge es George, se apellida Bush y sólo me inventé lo del bebé. “Wag the Dog”(1998), estelarizada por Robert Deniro y Dustin Hoffman, es algo así como el modelo de todas esas Glorias Trevis, Guerras contra el Terrorismo, Chupacabras, y demás calmantes del cerebro esconde-cochinadas que tanto nos gustan, amigos.
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