New
York City, 1995
Me hablan por teléfono unos amigos para invitarme a una fiesta
tecno (punchis-punchis) en la azotea de un edificio abandonado en
el corazón de Manhattan, a una cuadra del Washington Square.
Los conocí un mes antes en la calle (les pedí un quarter
para hacer una llamada) un mexicano de Xalapa que acababa de llegar
con su novia, una boricua flaca y antipática que se creía
bien cool, a la que había conocido en un Spring Break en
Acapulco. Who cares? Andaban bien metidos en el bisne de las tachas.
Antes de llegar a la fiesta me tomo un momento en un bar de la esquina
de mi casa (un squat) para cotorrear un poco con lo peor de lo peor
y tomar unos Jack Daniel’s al 2x1. Así que cuando finalmente
llegué a la fiesta, ya traía una cruda horrible y
para ese momento recuerdo una jarra de jugo de naranja en una mesita
invitándome a tomarla y con toda la sed que tenía,
me la tomé de un solo trago. Terminando de beber, me empieza
a gritar la gente de la fiesta. “¡Estupido, te acabas
de tomar 25 hits de LSD!” Unos minutos antes que yo llegara,
ellos se lo habían echado en el jugo para los “Smart
Drinks” de toda la noche. Todavía pedo les dije, “¡a
mí estas mamadas ni me ponen!” A los 15 minutos ya
estaba yo en Disneylandia.
Horrible, ¡qué mal viaje! Ya había probado antes
los aceites, pero esto ni me lo imaginaba. No sé ni cómo,
salgo de la fiesta todo malviajado, sin saber qué hacer en
plena calle en la selva de concreto, sintiendo lastima por mí
mismo, porque cada vez me ponía más. “¡Puta,
qué loquera!” Y ahora cómo le hago para que
se baje esta mierda. Y lo único que se me ocurre hacer, es
marcar de un teléfono público en la esquina al 911.
Al momento que contestan, sólo alcanzo a decir “HELP!
IT’S SOMEBODY DYING IN THE MIDDLE OF THE STREET PLEASE SEND
AN AMBULANCE!”
A los 10 minutos ya tenía a todos los paramédicos
y bomberos de medio Nueva York buscando a alguien tirado a media
calle y yo tratando de decirles que era yo el enfermo porque, para
cuando ellos llegaron, yo ya no podía articular ninguna palabra.
Cuando finalmente se dieron cuenta que era yo, me pusieron en la
ambulancia y me llevaron a un Institución Mental (La Casa
de la Risa) creyendo que estaba loco. “¡Qué oso!”
me dije, de aquí ya no salgo, estos de seguro me van a dar
electro-shocks. Me imaginé como en la película de
Jack Nicholson, donde lo encierran también así. A
todos los veía como extraterrestres y como no podía
explicarles, porque de mi boca salían puros balbuceos de
todo el pinche aceite que me tragué, les pedí una
pluma y papel y escribí: “L.S.D.” Y al momento
todos: “AH! This guy is not crazy, he’s just high! Kick
him out and send him to the hospital.” Ya en la madrugada
me trasladaron a un hospital para pura gente sin recursos. En domingo,
una sala de espera con gente de todo tipo y nacionalidad esperando
ser atendidas, y yo con mi ticket en la mano con el número
162 y el pizarrón marcaba apenas el numero 15. “¡Qué
hueva!”
Ya
un poco más tranquilo y tratando de hablar, sentado en medio
de un travesti todo pedo y una gorda “white trash” con
un ojo morado roncando en mi hombro. Me fijo en el chavo de enfrente,
un nerd total que semejaba un ratón, con lentes de fondo
de botella, una camisa a cuadros y su pelo peinado para atrás
con un kilo de gel fijador, apretándose un dedo donde tenía
una cortada mínima. Le pregunté qué le había
pasado, y me dijo que se había cortado rebanando pan y quería
ver si no necesitaba que lo cosieran. Y yo, por querer hacerle platica
le digo, “Don’t worry, no es nada, no necesitas ni hacer
cola. Ponte un poco de limón y con eso tienes.” ¡Puta
madre! El güey se para y empieza a hacerme un teatro gritando
“HELP! SOMEBODY HELP ME! THIS GUY’S INSANE!” Ya
para cuando quise explicar todo, ya habían llegado las enfermeras
y seguridad, y me echan a la policía por molestar a un paciente.
Y allí voy, todo aceitado y esposado en dirección
a la estación de policía más próxima.
“¡Puta!” Así que en menos de 48 horas,
ya había pasado desde la Castaneda hasta la cárcel.
“I LOVE NEW YORK!”
Ya para ese entonces podía hablar, así que pensé,
pues de una vez que me echen a la migra, que era lo que faltaba.
Así que me puse a explicarle al oficial de policía
que venía de México y que caminando mientras buscaba
trabajo, un señor me había ofrecido algo de tomar
y que me había drogado. Y que si por favor me llevaba a migración
para que me deportaran porque era ilegal. Ya todo espantado de Nueva
York y queriendo regresar lo más pronto posible a México
lindo y querido. El policía me ve y suelta un “¡Ja!”
Y me dice a través de su bigote: “Good story and I’m
really sorry, but this is not my department.” Y de hasta acá,
cada quien se regresa a su casa como pueda. Al final salió
que tenía un “time-share” en Puerto Vallarta
y buena onda el tío, me deja libre después de contarme
unos chistes malísimos. ¡Y me regala veinte dólares!
“Cool!”
Así que ahí voy dos días después, sin
bañarme, sin comer y sin dormir y todavía bajo los
efectos de esa madre. Sin rumbo fijo en el corazón de la
gran urbe. A todos los veía con tres ojos y colmillos. Y
me sentía como el clásico turista naco. Podía
escuchar voces que venían de todos lados, qué horror.
Finalmente después de horas y horas de caminar, llego al
Tompkins Square, un parque donde se junta toda la banda a beber,
fumar y perder el tiempo. Lleno de junkies y prostitutas. Me encuentro
a los que les había arruinado la fiesta y me dicen: “Qué
carita, qué mal te viste, qué culei, te comiste todos
los aceites de la fiesta y todavía te fuiste a otro lado
a divertirte.” Si supieran los idiotas, pensé. Pero
ya nada más los vi y les dije: “Welcome to New York
City.”
-Rockman |
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