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Zelu Lloyd
A Rosa se le fue la luz un día, mientras veía televisión. Sin nada que hacer, se dio cuenta de que no había pinturas en sus paredes. Apenada, buscó entre sus muebles, hizo un caos de la casa, y no encontró un símbolo de su profunda sofisticación. Así, el siguiente juego de póquer con su amiga Pamela fue de compromiso: ambas saldrían del closet de las connoisseur en el Festival Cervantino de Guanajuato, codeándose con la crema intelectual en la mayor cantidad de eventos de calidad posibles. Pamela comenta que les sería difícil identificar dichos mejores momentos sin estar en el círculo de los críticos y comentaristas y Rosa le dio la razón. En una semana, una docena de favores fueron cobrados y ambas amigas recibieron certificados como críticas de arte, especializadas en escultura y danza. Varias horas de compras y revistas de chismes después, con la combinación precisa de atuendos que las hicieran lucir embarradas en arte, estaban listas para convencer a sus “colegas”. Pamela opuso resistencia con el débil argumento de que ninguna sabía nada de crítica de artes. Aún así, hicieron entrada triunfal en un espectáculo de baile africano. Tan concentradas en el show como en su propio performance, salieron haciendo “crítica buena, crítica mala”, turnándose para insultar y agradecer a la madre del coreógrafo por haberlo sido. Sorprendentemente, funcionó, y se hicieron amigas de una docena de opinadores profesionales que las invitaban a todo tipo de eventos, les hacían preguntas que Rosa contestaba tan rebuscadamente que nadie quería parecer tonto al preguntar si sabía de qué demonios estaba hablando. Cuando terminó la presentación de un escultor francés, una horda de reporteros se les acercaron a las nuevas miembros del grupo conocedor. Rosa, tratando de no balbucear, dijo: “Las esculturas de René confirman al mundo que no se “necesita decir nada para decir todo.” Eso la convirtió en la crítica más publicada y celebrada del Festival ese año. Nadie supo donde encontrarla en el festival del año siguiente.
Una madre y su hija de 12 años miran a la calle desde su casa. Bajo el régimen Talibán, tienen prohibido ser vistas fuera sin un “acompañante legal” masculino. La casa, sólo con integrantes mujeres, se está quedando sin comida. El hermano y esposo de la señora murieron en combate hace poco, y han caído en la cuenta de que no quedan hombres en la familia para salir a trabajar y traer comida. El gobierno cerró el hospital donde trabajaba, y ya no tiene lugar a donde acudir para ganarse el pan. Con los castigos a que se exponen por salir, abuela, madre e hija están condenadas a muerte. Afortunadamente, el rostro de la chica no ha sido visto en público (está prohibido), y una sola idea parece ser su salvación. La chica pierde la mayor parte de su cabello y cambia sus vestimentas por ropa de joven. Se hace pasar por niño, y entra a trabajar como asistente en la tienda de un comprensivo vecino. Sabiendo que la pena por tal engaño es la muerte, la chica se arriesga y acude a trabajar. Es tal su éxito que el régimen la acorrala y junta con otros chicos locales para acudir a un programa de adoctrinamiento religioso y entrenamiento militar, sólo para chicos. En varias ocasiones su identidad es casi revelada, pero se salva continuamente gracias a los heroicos esfuerzos de Espandi, un pordiosero que sabe su secreto.

Ha llegado el momento en que ud., amable lector, decide cual de estos relatos fue filmado y cual sólo actuado.
Respuestas: Sí, ya sé que no fue reto alguno adivinar que la historia de Rosa en Guanajuato es la real, (aunque he prometido no dar más detalles) y su real éxito un poco estremecedor. “Osama” (2003), que no es difícil de encontrar, es la primera película totalmente afgana producida desde la caída del régimen Talibán, y está inspirada en eventos reales. Desgraciadamente.
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