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No diré las casualidades que me hicieron de pronto aparecer en una convención anual de una cadena de restaurantes de pollo. No diré tampoco qué hacía en Acapulco, ni mucho menos, cómo le hice para ser parte de cada una de las conferencias que se llevaron a cabo por dos días. Lo que sí diré, son mis impresiones del evento, de lo que pude percibir de la marca, de quienes la conforman, de su funcionamiento, de sus virtudes, de sus vicios, de sus necedades, de su inocencia, de sus comicidades involuntarias, de las viejas buenísimas que repartían nuggets de pollo y otras fritangas polleras en bandejas, cortesía de sus proveedores.

Es impresionante lo que han logrado todos los miembros de la familia dueña de la marca: 400 sucursales en todo el país, y en algunas ciudades de los Estados Unidos. Más en territorio mexicano que varias transnacionales de comida rápida. ¿Cómo llegaron a tanto? ¿Cómo construyeron tal solidez y posicionamiento entre el público?

Cuentan las anécdotas, que todo nació en las costas del pacífico, cuando un beisbolista cubano le pasó la receta del marinado a un vecino suyo que estaba pasando por problemas económicos. Ese sabor se popularizó tanto, que de pronto ya había franquicias en Los Ángeles. Más tarde la marca sería vendida a una empresa norteamericana, y el resto de la familia dio nacimiento a este proyecto.

Es necesario saberlo: no cualquiera puede ser dueño de una franquicia. Para serlo, debes ser familiar, o estar emparentado de alguna forma con alguno de ellos. Pero ni siquiera eso es suficiente. Si por casualidades y caprichos de la buena fortuna, ya perteneces a esos círculos familiares, necesitas estar jodido. Si económicamente estás acomodado, ya te la pelaste.

Por eso fue inevitable fantasear con matrimonios con alguna integrante de la familia. Pero por más que revisaba entre los rostros de las mujeres presentes, ninguna daba el ancho: todas son muy poco agraciadas. Por ahí había una que se salvaba, pero al ser comparada con aquellas bellezas que no paraban de repartirme alitas de pollo, quedaban rezagadas por kilómetros.

Su inocencia y timidez es evidente. Y quedó más que claro cuando en la ceremonia de inauguración, el anfitrión, el dueño de las franquicias de Acapulco, tomó el micrófono. Parecía que se estaba derritiendo de vergüenza, sudando y no precisamente por el calor del puerto guerrerense. Intentó hablar (eso, puras intenciones) y ni siquiera le fue posible pararse por completo de su asiento en el estrado: se paró a medias, flexionando apenas las rodillas, temeroso de que todos los ojos estuvieran clavados en él.


Como pudo dio la bienvenida, entre tartamudeos y palabras incompletas:
“S-s-s-sí… bien… ejem… bienvenidos… espe… que su e-e—e-estancia… se se sea gra-gra… ble… gr… ias…”, y se sentó, aliviado, tal vez orgulloso de no haberse resbalado del estrado.

Los polleros, como quien va a un circo, esperaban el primer show de su convención. El numerito era de uno de esos motivadores que en una mano llevan un manual para el correcto comportamiento en el ámbito laboral (“Cómo tratar con gente difícil”, se llamaba la exposición) y en la otra los billetes. No sobra decirlo: venden un montón de soluciones estúpidas y a partir de un espectáculo cómico y casi musical, convencen temporalmente de las bondades de sus consejos. Tenía gracia, que ni qué, y por momentos llegó a arrancarme una carcajada. La gente terminó enamorada de su performance.

Era bastante amanerado y por eso nadie le creía cuando hablaba de una supuesta esposa. Era su cumpleaños, y nos lo hizo saber. “¿Cuántos años creen que cumplo?”, preguntó, y un vivales del público respondió: “¡Cuarenta y uno!”. Sí parecía maricón, pero no era para tanto.

Una premisa que aplica a cada uno de ellos: tal parece que no tienen idea de lo que han conseguido hasta el momento. “Vendo pollo y gano mucho dinero”, parece ser su único conocimiento. Eso quedó demostrado cuando llegó el turno de los publicistas contratados. Hay un terrible error que han dejado pasar por alto y parece no importares: las diversas cajas y bolsas utilizadas para vender sus pollos, varían según el territorio. Así, la imagen difiere, por ejemplo, de una sucursal de Acapulco, a una de Jalisco. Era precisamente lo que trataban de explicar los publicistas mientras exponían todo el trabajo realizado. “¿Por qué si a me gustan mis bolsitas?”, seguramente pensaban.

“No somos conferencistas”, dijo uno de los publicistas, frustrado por no tener el reconocimiento que tuvo el conferencista anterior, “nosotros no venimos a entretenerlos sino a mostrarles el siguiente paso para hacer algo todavía más grande con su marca”. Mientras, distraídos con las pechugas de las edecanes, los polleros ponían cara necia de no querer entender.

Un argentino trató de explicarles la razón de la publicidad, la razón de los nuevos jingles, la razón del nuevo slogan, muy sabroso, muy sabroso. Pero no le perdonaron en ninguna ocasión que pronunciara posho, y parecían botanearse cada vez que lo hacía. “Pollo, perdón… pollo”, se disculpaba el sudamericano. Los publicistas parecían ya conocer esa anticualidad del tartamudeo, pues al final del jingle, una voz que pretende ser la del pollo canta: “¡po-po-pollo!” De entre el público, uno de los empresarios pidió el micrófono y se dirigió a todos. “Ya-ya-ya… inverti-ti-timos enene-e-esto… n-n-no queda de o-o-tra, que usarlo en to-todas las ti-tiendas”… muy pocos fueron los convencidos. El calor, y permanecer tanto tiempo sentados, ya parecía tenerlos al borde del tedio y la desesperación.

Viendo sus maneras de comportarse, de razonar, de interpretar los asuntos de negocios, es complicado comprender cómo hicieron lo más difícil, que es posicionarse en el mercado. Pensar que todo fue obra del sabor es aventurado y tal vez hasta pendejo, ¿pero cuál otra puede ser la respuesta? Tal vez aciertos publicitarios involuntarios, como el personaje del logo que necesita ser más explotado y un jingle que lleva cerca de veinte años sonando en la radio (para pesar del nuevo, propuesto por los publicistas).

Pero sin duda su arma más fuerte, es la publicidad de boca en boca, la misma que esparció el rumor de que un nuevo pollo había llegado a la ciudad, un pollo que es muy sabroso, muy sabroso.

Son empresarios muy botanas, muy graciosos, involuntariamente. Quedó demostrado cuando pasó un nuevo conferencista, de esos que animan al público a ser grandes en todos los aspectos de su vida, que gritan y gritan y hacen bailar al público a ritmo de “yo sí puedo, yo sí puedo”. El susodicho, para empezar, llevaba puesto un esmoquin muy ridículo y tenía más facha de comediante que de motivador. Aunque para ser sinceros, es complicado diferenciar uno de otro.

Entre tantas formulitas secretas “y que ahora les voy a revelar” para la felicidad y el éxito, vino la más patética (pero hilarante): conminó a los polleros a que se pusieran de pie y se acomodaran en x ¡posición de ataque!

Entonces cada uno adoptó la que más le acomodaba: señoras en guardia karateka; señores ya viejitos como boxeadores; adolescentes en posición medio pandilleril; y los que nomás no hallaban donde poner los puños.

Entonces les reveló el grito de guerra: ¡Fuertes, Sanos y Contentos! La dinámica consistía en dar un golpe al aire al mismo tiempo que se decía una de esas palabras. Y dio inicio, con todo y mis carcajadas: todos al unísono golpeando el aire y vitoreando “¡Fuertes, Sanos y Contentos!”. Muy concentrados, llenos de energía, seguramente pensando que con esto la marca se iba a las nubes, “no como con esas chingaderas de los publicistas de muy sabroso, muy sabroso”, seguramente pensó más de uno. Mis adoradas edecanes cayeron de mi gracia: se unieron a la dinámica en un ridículo espectáculo.

Ya era demasiado. Salí de la sala de conferencias a fumar un cigarro. Mi panza ya estaba llena de pollo en sus diversas variedades. Mucho pollo por dos días. “Casarme con una de ellas…”, volví a pensar, “…¡Naaaaa!”. Con todo y sus circos, es una marca fuerte, por casualidades y aciertos de la buena fortuna. Y puede serlo más, pero la necedad de sus dueños, parece truncarla.

Tal vez tengan razón. Hasta el momento esa ingenuidad les ha funcionado.
Quise echar un último vistazo, pero me arrepentí. A lo lejos, seguía el “¡Fuertes, Sanos y Contentos!” a todo pulmón.


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