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Mermelada de Perla por Pepe CasteñedaTodo era angustia en la entrada a la Ciudad de México. Un terrible cambio de planes había retardado la salida de San Luis Potosí. En medio del tráfico tan ajeno a nuestro provincianismo, veíamos el reloj cada minuto, cada segundo. Todo era silencio dentro de la camioneta. Ocasionalmente alguien trataba de levantar el ánimo haciéndola de profeta: “¿te imaginas que abran con Alive?”; o “estaría de huevos que se echaran esa de Neil Young”.

Bien sabíamos que cada uno de sus conciertos era diferente. Por eso no podíamos hacer caso de los relatos de amigos que habían ido al de Monterrey, unos días antes. Ya sonaba por tercera vez Ten en el estéreo. No sucedió lo que vaticinábamos: “De tanto escucharlo, vamos a llegar hartos al concierto”. Pero no. Nada de eso. La ansiedad se multiplicaba entre tanto enjambre de automóviles sin avanzar.

Un pequeño inconveniente: “¿Dónde quedaba el Palacio de los Deportes?”. Si llegábamos, si lográbamos dar con el lugar, sería barriéndonos. La idea de ingresar a media rola, era frustrante. Finalmente vimos una cola inmensa de automóviles. “Creo que es por aquí”, dijo Rogelio al volante. Intentamos meternos a la mala, como debe hacerse en esas circunstancias. Al frustrarse el intento, no quedó otra que la típica de los desorientados: bajamos la ventanilla y preguntamos a otro conductor. “Sí, es por aquí. Métanse. Les doy chance”, y mágicamente ya formábamos parte de la vena atascada de coches con miras al último concierto de la gira de Pearl Jam en territorio mexicano.

Vimos el inmueble, de cuyo interior provenían estruendos musicales. “¡Chale! ¡Ya empezó!”, dijo alguien. Camioneta estacionada, unas cuantas peticiones a los improvisados administradores de estacionamientos: “ahí te la encargo” y salimos disparados a los accesos. Dos cosas pasaban por nuestras cabecitas asustadas por el retardo: cheves y Pearl Jam.

Ahora un nuevo problema: los güeyes de las entradas. Para zafarse de responsabilidades, suelen darte el avión con arte tan perfectamente estilizado, que es imposible no creerles cuando dicen: “sí, el acceso tal es derechito y al fondo”. Seguimos sus indicaciones. En ese mentado acceso nos dieron nuevas indicaciones. En el siguiente lo mismo, hasta que llegamos a un área que parecía el refugio de los empleados del lugar. Para matar las ansias, entre tanto laberinto (que por otra parte, no era tan complicado y más bien nuestra ceguera por culpa del furor grunger, no podíamos resolver), compramos unas cheves que ya hacían bastante falta. Minutos después encontramos nuestro acceso, la música se había detenido, el grupo telonero era Mudhoney y nos perdimos su presentación, big deal. Encontramos nuestros lugares, estaba hasta la madre. La tradición favorita del mexicano en momentos previos a un espectáculo, no podía faltar, se inicia la ola y pa’ rematar, nacionalismos que no vienen al caso: más de diez mil personas coreando “¡México! ¡México!”. Nunca lo he entendido. ¡Van a ver a Pearl Jam, no a la selección mexicana!

Tres cheves más nos alcanzaron antes del inicio, justo antes de que en el sonido empezara a sonar una versión viejísima de El último beso, de tiempos de César Costa y demás calamidades. Lo sabía. Ese era el inicio, ese era el momento tan esperado desde hacía tres meses cuando compramos los boletos. En cualquier momento entraría en escena Eddie Vedder y compañía, irrumpiendo para hacer el corte a su versión de esa misma canción. El último beso, la versión espantosa en español terminó para dar paso a los primeros acordes de Better Man. Entonces vino la gritadera cuando un greñudo bien identificado por todos, apareció sobre el escenario.

La siguiente rola, Animal, provocó el inicio de la esquizofrenia de un tipo a nuestro lado que brincaba y daba golpes al aire (¡fuertes, sanos y contentos!), que se revolcaba y se tiraba al suelo. Y a mitad de la rola el anuncio del vocalista señalando en un rincón del escenario a Stone Gossard, con un español espantoso: “¡la guitarrrrrroa!”, y un solo largo con tintes de malabarista. Digno de un acto muchas veces ensayado, pero en realidad improvisado y celebrado por la gente, la canción terminó con una playera lanzada al aire por alguien del público (¡hijos de puta, suertudos! ¡En primera fila!) que Vedder cachó estirando mecánicamente el brazo.

Entre chela y chela nos fuimos perdiendo en canciones como Evenflow, Do the evolution, Jeremy… Luis a mi lado no dejó de mandar mensajes a una ex-novia, diciendo cosas como “toda mi juventud se reduce a este momento”, y Rogelio llamaba por teléfono a sus hermanos para que escucharan algún cachito de Black. Emilio y yo, ya ebrios, gritábamos al término de cada canción: “¡a huevo! ¡a huevisisisisísimo!”, y trago grande a la enésima cerveza.

Esta crónica la hago como quien quiere reproducir un sueño nebuloso, y es que el alcohol y la euforia como que bloquearon el orden en que pasaron las cosas. Pero recuerdo muy bien cuando empezó Daughter, y la gente prendió en el acto sus encendedores. Con cada cambio de tiempo venía el flashazo de los mismos. “Qué chingón se ve”, decían Emilio y Piña, mientras yo no hacía otra cosa que buscar al de las cheves, porque “ya me dio sed”.

Justo cuando estaba por empezar la rola más celebrada de la noche, Luis y Rogelio no contuvieron las ganas de orinar y se fueron al baño. De seguro frustrados escucharon el inicio de “Alive”, pero no podían seguir torturando al riñón. Cuando regresaron lo hicieron en compañía de dos viejas. No perdieron el tiempo, por lo menos. Rogelio descubrió en las playeras de las susodichas una leyenda de Pearl Jam que sólo hacía sentido cuando las mujeres estaban paradas una junto a la otra. Le dijo a Luis “mira”, señalándole la espalda de las coladas. Luis no entendió nada: se quedó mirando fijamente las nalgas de una de ellas, y sin el menor pudor y con cinismo digno de cualquier gañán, las chuleó con un “¡Óooorale!”. A le vieja pareció no importarle.

La voz de profeta de alguno de nosotros cuando estábamos en pleno tráfico y angustia por llegar al concierto, tuvo efecto cuando al mismo tiempo que encendieron las luces del lugar, empezó Keep on rockin’ in the free world, cover de Neil Young.

Y el final imperfecto, pero muy chingón, todo el Palacio cantando Yellow Ledbetter, y súplicas al término, de “otra, otra”, que ya no serían complacidas. Dos horas y media que se deslizaron tan rápido como esas doce cervezas que ya nos tenían muy mareados.

En el río de gente buscando la salida, se nos perdieron las agregadas. Y última complicación: buscar dónde putas habíamos dejado la camioneta. Pero no todo fue desesperación. Casualmente nos enteramos que estaba Fobia por tocar en algún lugar, no podíamos dejar pasar la oportunidad. Mientras nos abríamos paso entre los demás coches, ya nos imaginábamos en ese toquín que no sería ninguna cereza sobre el pastel, sino una auténtica piña sobre una tarta francesa de chocolate. No contábamos con un pequeño inconveniente, digno del olvido provinciano: para salir de esa arteria, tardaríamos una hora más. Tanta fue la aburrición que me quedé dormido. Fui despertado todavía medio pedo y con Keep on rockin’… sonando una y otra vez en mi cabeza, sólo para ser conminado a entrar al hotel.

La noche, ya encerrados en el cuarto, transcurrió entre remembranzas del concierto, y una que otra risa recordando el “¡Óooorale!” de Luis, sorprendido por las descomunales nalgas de aquellas que nos utilizaron para tener una mejor vista del tal Eddie Vedder.

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