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Zelu Lloyd
¡Aaah, los viejos tiempos! Cuando las personas no zanjaban sus diferencias con feas y sucias bombas y ántrax, sino con limpias y tradicionales espadas y fuego. Con lo abundantes que eran las aventuras en la época medieval, poco sabemos de ellas, y falta dinero para llevar la mitad a la pantalla grande. Le conmino, respetabilísimo lector, a que distinga, entre las dos siguientes, la historia medieval real de la falsa.
La primera historia es la de un grupo de mujeres españolas de una ciudad llamada Tortosa, recientemente arrebatada de los moros, que veían de cerca la preparación de sus maridos e hijos para tiempos de guerra. Justo cuando preparaban para sus niños la primera navidad en la ciudad, sonó en el poblado el llamado a la guerra. Casi todos los soldados salieron a la cruzada, con la promesa de regresar en poco tiempo. El pueblo quedó en manos de algunos encargados, ancianos, mujeres y niños.

La ciudad pasó una navidad precaria y ansiosa y, justo la noche del año nuevo, un batallón moro se postró ante los muros de la ciudad y declaró sitio. En la ciudad entera cundió el pánico y se pidió secretamente ayuda al conde de Barcelona. Las mujeres de la ciudad, contemplando a los atacantes, descubrieron que aquellos eran más que los soldados que defendían la ciudad, pero menos que ellas mismas. Cuando recibió la negativa del Conde, el consejo de la ciudad pensó en rendirse. La noticia cundió, igual que las historias de ciudades rendidas destruidas donde todos los habitantes, incluyendo niños, eran masacrados. Las mujeres se reunieron en su propio consejo y tomaron una decisión. Tomaron las hachas de sus maridos, se vistieron de soldados y salieron con furia al frente cuando los moros se acercaban. Tras una vistosa batalla, los enemigos salieron huyendo y la ciudad siguió libre.

La noticia llegó al Conde, con la petición de los líderes de la ciudad de que se castigara a las mujeres por su descaro. Acudió a la ciudad y reunió a las damas. Ahí, ante todos, las nombró “Caballeros”, y fundó una nueva orden, que sólo incluía a las valientes mujeres que defendieron la ciudad, quienes durante toda su vida fueron tratadas con honores y precedían a los hombres en la asamblea. Así nació “La orden de la hacha”.
La segunda historia es la de un ladrón de poca monta, que fue capturado y alistado para su castigo. Entonces el hermano del Señor de la Guerra, Singen, detuvo la ejecución y lo llevó con aquél. Todos quedaron maravillados ante su parecido y decidieron mantener al ladrón vivo y a la mano, como doble eventual del Señor. Dicho y hecho, poco después, durante un sitio a un castillo enemigo y en una situación misteriosa, Singen fue herido mortalmente. Cuando lo llevaban sobre una montaña, pidió a sus pocos testigos que guardaran el secreto de su muerte, para continuar atemorizando a sus enemigos. Entonces sus generales decidieron que el ladrón fuera sustituto permanente y que ante el mundo continuara vivo Singen. Aún con espías vigilando, la actuación del impostor era tan convincente que no sólo los enemigos y la corte fueron burlados, sino sus propias concubinas. Su nieto, incluso, parecía preferir esta nueva versión.



Confiado y exitoso, el impostor trató públicamente de montar el caballo de Singen, pero éste es el único que no se lo traga. Lo tiró y humilló, y entonces quedó descubierta una farsa. El hijo del Señor se adueñó de las tropas, llevándolas a una sangrienta y tonta batalla donde fueron derrotados terriblemente. El ladrón, fiel a su otra identidad, los sigue para pelear hasta la muerte.
Respuestas: ¿Cuánto tiempo se tardó en adivinar? La “orden de la hacha” fue fundada en 1149 por Don Raymond de Barcelona en honor a “Las Nobles Mujeres de Tortosa de Aragón”, que defendieron solas la ciudad. Kagemusha (1980), del gran director Akira Kurosawa, recibió 7 premios y 5 nominaciones internacionales (incluyendo el Oscar) por su esplendidez visual y dirección.
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