La Jerga Mexico La Jerga Mexico
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Como muchos otros pequeños pueblos de México, San Miguel comparte la leyenda muy frecuente sobre un baúl lleno de oro y joyas enterrado en las profundidades de una caverna del lugar. Muchos han deseado extraer las riquezas que la cueva contiene, considerando una tarea fácil el entrar y salir con el botín. Pero al pasar la historia, muchos han tratado y sido muertos en vano. Aún otros que han entrado a la cueva y sobrevivido para contar su historia, han acertado en que ahí no hay otra cosa más que una pérdida de tiempo.

Pero con seguridad, desde lo alto de donde nuestra ciudad reside, escondida al pie del cerro de Las Tres Cuces, yace una cueva de proporciones míticas. La gente local la ha apodado La Cueva del Diablo. Y a pesar de que la cueva pudo haber sido formada naturalmente, la mano del hombre es ciertamente evidente. La cueva ha seducido e invitado a visitantes de todo tipo a través de los años. Las leyendas varían ampliamente y no han sido de igual manera documentadas. Y solo tenemos tradiciones orales, rumores y pendejadas de cantina para apoyarnos en la compilación de este reporte.

El origen exacto del tesoro es incierto, pero hay versiones que lo ubican durante la Revolución Mexicana. Supuestamente las tropas federales ocuparon la cueva durante la guerra, utilizándola como cocina y depósito de almacenaje. En el cofre depositaron la riqueza que habían obtenido del saqueo de muchas pequeñas aldeas. Pero después de perder la batalla en contra de los rebeldes zapatistas, el baúl y todo su contenido fue dejado por los federales y perdido con los años.

Algunos dicen que esta cueva es el sitio en donde el arcángel San Miguel tuvo su último encuentro contra el Diablo. Pero el Diablo fue vencido en esta cueva, y por medio de eso se liberó a la ciudad de San Miguel de su poder, y permaneció atrapado ahí e incapaz de escapar por toda la eternidad. Se dice que para recuperar el tesoro se debe invocar al Diablo y hacer un pacto con él a cambio de la riqueza. Pero obviamente este trato implica vender tu alma.

Eran alrededor de las 3:00PM de un domingo esplendoroso cuando finalmente recibí la llamada en la sede de La Jerga. “Hola Dan...Realmente lo siento...Estoy todavía jarra...” A pesar de que de hecho su llamada estaba tres horas retrasada, nuestra misión era claramente incitante. Así que Don Pappi Chulo y yo dejamos atrás la comodidad de la cobertura de la NFL y nos dirijimos al encuentro de nuestros contactos.

Esta salida iba a ser lidereada por nuestro temerario líder y experto local, Chatto, quien de pequeño (y más en estatura) visitó la cueva con uno de sus hermanos mayores. Muchos años han pasado desde entonces, y Chatto no ha crecido ni un centímetro, no obstante la cueva permanece. En esta ocasión, Chatto aparentemente había estado de fiesta toda la noche y bebiendo en exceso y hasta hace un rato todavía. Otros dos agentes en la materia, Luis, se ofrecieron espontáneamente para la operación y llenaron nuestro auto, mientras nos encaminábamos a toda prisa a la zona, en la parte alta de San Miguel. Ya completos, el equipo especializado de La Jerga, una vez más se embarcaba en otra arriesgada misión con poca o ninguna consideración por el costo, la escasa inconveniencia, o resaca que todos soportamos.

Tropezando al salir del auto, nuestro valeroso líder insistió en que manejáramos por una puerta cerrada y hacia arriba de un camino privado para estacionarnos más cerca de nuestro objetivo. Un pequeño amotinamiento sucedió y nuestro ebrio líder, quien no estaba completamente en sus facultades, fue sobrepasado 4 a 1. Se decidió que caminaríamos la distancia faltante como hombres, y evitaríamos ciertas cortadas a las llantas de mi madre. Armados con solo un machete y cargando una mochila llena de cuerdas, linternas, cámara y raciones de emergencia, hicimos nuestra travesía por ese camino traicionero.

Para llegar a nuestro destino, tuvimos que caminar a lo largo de la cresta montañosa y por una propiedad privada. Perros de aspecto malvado, que seguramente nos hubieran mordido de no ser porque sus amos los han golpeado tan frecuentemente, se acobardaron ante nosotros mientras caminábamos. Nos gustaría decir que cruzamos un arroyo, un río o un desagüe, o alguna otra fuente de agua que tuviera significancia literariamente simbólica, pero no hubo alguna que pudiéramos encontrar en ese ambiente altamente desértico. Pero sí cruzamos un camino lleno de cactos que bien pudieron habernos espinado o raspado en cualquier momento.

En nuestro camino hacia allá, Chatto nos recordó los peligros que confrontaríamos. Dijo algo acerca de los Cholos, o miembros de bandas locales, a quienes les gusta estar por este lugar. Es muy común, aparentemente, que los Cholos aspiren el thinner, gas, pegamento o cualquier líquido que encuentren debajo del fregadero, y después excursionen en la naturaleza. Y era muy importante, nuestro valiente líder continuó, que permaneciéramos juntos y no nos separáramos, porque supuestamente es mucho más seguro en grupo. Nos recordó también que el camino que nos esperaba era increíblemente traicionero, y un sólo paso en falso traería como consecuencia la muerte de alguno de nosotros. Después él mismo tropezó sobre una roca y cayó de cara.

Para cuando encontramos el pico que nos había descrito, Chato había tropezado ya en muchas otras rocas, unas enramadas y lastimádose por lo menos dos veces. Nos refunfuñó para que siguiéramos por uno de los lados de la montaña, mientras su rodilla sangraba bastante. Ignorábamos a los tres alemanes, que andaban de mochilazo que nos encontramos en el camino, y seguimos hacia un territorio inexplorado. El machete fue muy útil en este caso en particular, para quitar la mierda de los chivos que se había embarrado en nuestros tenis. Después Don Pappi Chulo, quien se había adelantado, gritó que había encontrado algo. Me volteé para hablar con nuestro intrépido líder pero no estaba por ningún lado. Lo encontramos tirado a varios metros de nosotros, asoleándose como lagartija en la parte oeste de una piedra y en posición fetal. Dejando a nuestro osado líder, para que tomase una siesta y se desembriagara, seguimos nuestro camino. Encontramos a Don Pappi Chulo en la entrada de una estrecha y vertical fisura con forma de vagina, escondida entre los dobleces de la roca. ¿Podría ser ésta la Cueva del Diablo? nos preguntamos imbécil y predeciblemente. La abundancia de la pintura en aerosol, el graffiti y los contenedores de licor vacíos indicaban que podría tratarse de la misma. Parecía ser el equivalente a un desmadre hecho en La Presa. Y encontramos latas recién abiertas de Tecate y unas botellas de tequila hechas añicos. Pero no encontramos ni huella de Viña Real.

No hubo evidendia de magia negra como en El Puente de Los Frailes. Pero aquí se encontraba este estrecho y reducido abismo. Don Pappi Chulo fue el primero en entrar. Entró con su linterna en mano y se apuntaló a sí mismo con sus piernas presionadas firmemente contra las paredes. Lo seguí hacia adentro con la cámara, que rápidamente cedí a Don Pappi, quien es mejor fotógrafo que yo. Lo que vimos fue increíble: ¡No había otra cosa que ROCA, SUCIEDAD Y OSCURIDAD hasta donde nuestros ojos podían ver! Supusimos que una persona (o un mono bien adiestrado) podría caber ahí, pero ¿podrían salir de ese lugar? Y si fuera ese el caso, ¿cuál sería el punto? Aún con nuestra cuerda, ninguno de nosotros se sintió confiado en que pudiéramos entrar y salir sanos y salvos sin recrear "la niña atrapada en el pozo" y salir en las noticias locales de la noche.

Así que sin pensarlo dos veces, hicimos lo que cualquier gran explorador hubiera hecho hasta cierto punto: Hicimos fila para comprar cervezas en un local y trajimos Caguamas y nos la pasamos tomando el resto del día. Y sobre nuestro audaz líder, escuchamos que fue hallado y molestado por un Cholito de 12 años. No hemos sabido de él desde entonces pero creemos que está bien. (¡Continúen leyendo esta edición los Consejos de Lu para saber lo que en realidad pasó con el Chatto!).
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