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Los Cuatro Jinetes de las Nalgas Moradas

El equipo de investigadores de La Jerga recientemente tuvo el placer de hacer un recorrido guiado a la historia mexicana que no mucha gente, incluidos los mexicanos, conocen. Nuestro guía, Josué, nos llevó de paseo a caballo a su rancho ‘El Batán’ y los alrededores, incluyendo: el viejo campamento de guerra y los corrales de caballos de Pancho Villa, el segundo árbol más viejo del país y algunas ruinas chichimecas/toltecas. Ni siquiera los arqueólogos mexicanos han visto esas ruinas y muchos tampoco saben de su existencia. A causa de su lejanía, permanecen ocultas y desprotegidas. Sin embargo están bien cuidadas y vigiladas por los que ahí viven, quienes las tratan con mucho respeto y cuidado. El recorrido que nos ofreció Josué fue tan emocionante como informativo, tanto por su impresionante conocimiento de la historia de México y su gentil amabilidad con los invitados, como por sus hermosos caballos.



El equipo de investigadores de La Jerga recientemente tuvo el placer de hacer un recorrido guiado a la historia mexicana que no mucha gente, incluidos los mexicanos, conocen. Nuestro guía, Josué, nos llevó de paseo a caballo a su rancho ‘El Batán’ y los alrededores, incluyendo: el viejo campamento de guerra y los corrales de caballos de Pancho Villa, el segundo árbol más viejo del país y algunas ruinas chichimecas/toltecas. Ni siquiera los arqueólogos mexicanos han visto esas ruinas y muchos tampoco saben de su existencia. A causa de su lejanía, permanecen ocultas y desprotegidas. Sin embargo están bien cuidadas y vigiladas por los que ahí viven, quienes las tratan con mucho respeto y cuidado. El recorrido que nos ofreció Josué fue tan emocionante como informativo, tanto por su impresionante conocimiento de la historia de México y su gentil amabilidad con los invitados, como por sus hermosos caballos.


Antes de aquella crítica derrota en Celaya, la famosa y aparentemente invencible División del Norte de Pancho Villa, llegó a lo más alto de su carrera. Villa ordenó a sus fuerzas, las cuales en ese momento eran más de cien mil, construir un corral para caballos y fuertes en la cima de un pequeño cerro rocoso. Si Pancho Villa se hubiera esperado en el campamento a que sus enemigos lo atacaran, la historia habría sido distinta, porque este lugar ofrece una enorme ventaja táctica para la caballería. En lo más alto del rancho se encuentran las ruinas de los fuertes y los corrales de caballos de Villa que tienen una vista panorámica de todo el campo alrededor, desde el punto más lejano de San Miguel de Allende, todo el camino a Comonfort y hasta la mitad del camino a Celaya. Justo debajo del campo de entrenamiento está una ferrovía, construida por Porfirio Díaz en 1912, la cual pretendía seguir Pancho Villa hasta la Ciudad de México.


Algunos de los habitantes más viejos todavía recuerdan esos días y uno de los soldados de Villa, llamado Eufemio, murió de fiebre el año pasado a la edad de 102 años. Eufemio luchó en Celaya (siendo todavía adolescente) y en otras grandes batallas dentro de la famosa División del Norte de Villa, que le valieron un balazo en el pié izquierdo y le dieron también cientos de historias sobre esos tiempos, que solía contarle a la gente del pueblo. Son ellos, los que ahora pasan el testamento de la historia viva de México y la excursión ofrece a mexicanos y extranjeros una oportunidad inigualable de conocer a los descendentes de los soldados villistas.


A sólo media hora del rancho, se encuentra ‘El Sabino’, el segundo árbol más grande de México. Sabino significa ‘Ahuehuete’ (el anciano en náhuatl), es de la misma especie que su primo el Árbol del Tule en Oaxaca y, de acuerdo con el arqueólogo Luis Felipe Nieto Gamiño, tiene aproximadamente 450 años. En un recorrido de medio día es posible visitar los poblados cercanos, viendo a las mujeres lavar a orillas del río y parar para comer algo en las ruinas chichimecas/toltecas de hace mil años, encajadas en medio de la tosca naturaleza mexicana. Uno puede adentrarse también en el Cañón de la Virgen a través de una entrada secreta que lleva hacia un místico bosque de robles rodeado de peñascos multicolores. No hay ningún camino de ida o vuelta, el paseo a caballo es algo más que recreación. Es la manera más práctica de viajar en el desierto.



Daniel: nosotros cuatro salimos de San Miguel rumbo al rancho de Josué como a las 10:30 a.m. El día inició tratando de conocer a nuestros caballos para, después ir a ver los sitios panorámicos. Primero me asignaron al más necio de los caballos de Josué ‘Buttermilk’, al cual rápidamente renombré ‘Butternutz’. Pero a penas hubo oportunidad, cuando se negó a seguir en un área medio embrujada donde ‘probablemente ocurrieron cosas realmente malas’ según las palabras de Josué, lo cambié por ‘Daniel el Travieso’. Después de eso, fue fácil para nosotros, ‘los dos Danieles' (el travieso y yo) seguir con el recorrido, hasta que quiso alcanzar al caballo de Liz – al cual luego pasó—a casi todo galope llevándome casi volando en las puras riendas. Me sentí como Icabod Crane en la adaptación animada de Disney de la Leyenda de Sleepy Hollow. Nuestro viaje fue agradablemente interrumpido para comer algo, donde Josué nos cocinó unos deliciosos tacos de chuleta de puerco (con todo y aderezos) sobre una fogatita. Nosotros llevábamos vino, queso y otras delicias que comimos mientras veíamos la puesta del sol. El día fue hermoso y completo, le recomiendo ampliamente los paseos de Josué a cualquiera que desee ver el verdadero México de hoy en día y del pasado.



Ran: Mi caballo, Samson, y yo nos entendimos bien. Él básicamente seguía las órdenes que la brida daba, siempre y cuando lo dejara saciar su incontrolable hambre con las varas de las plantas que encontrara en su camino. Como es un campo donde hacen cestería con estas plantas, lo dejaba mascar todas las ganancias entre el galope y otras actividades relacionadas con los caballos. Él me llevó a donde termina el camino del campo, donde hice mi ‘gringodescubrimiento’ de unas pinturas rupestres en un peñasco que los residentes deben conocer desde hace miles de años pero probablemente a nadie le han dicho de su existencia.



Liz: una de las partes más memorables de la experiencia de montar a caballo, además de ver al caballo de Dan galopar a lo lejos con Dan brincoteando como loco en su lomo, fue nuestro picnic de medio día. Llegamos a una ruina chichimeca y atamos los caballos a un mesquite grande cerca de la orilla del río. Cruzamos la parte baja y Josué, nuestro guía, hizo una pequeña fogata en un arenal mientras nosotros tendíamos una manta en el pasto. Algunas personas pastoreaban sus rebaños de cabras alrededor de nosotros y una señora ya grande, se sentó a tejer artesanalmente un cesto justo frente al arte rupestre. Compartimos nuestros tacos con la gente y con un par de valerosos perros que jalaron la carne directamente del fuego. Fue un buen descanso antes de tomar el largo camino de vuelta a casa en medio de la oscuridad. Las estrellas se regaban en el cielo como sal cuando finalmente llegamos al Rancho El Batán y terminamos nuestro increíble paseo por el campo mexicano.

La excursión tiene todo para atender tanto a principiantes como a jinetes experimentados, pero lo más importante es que explora una forma de vida que está intacta y es perdurable. Además los caballos son entrenados diariamente con la idea de hacer el México rural accesible para todos, desde los que regularmente montan a caballo hasta la gente que va a montar por vez primera. Para más información, llame a Josué al 154-8325 o 044-415-103-2944.
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