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la cucaracha


[Un agradecimiento muy especial a Chuck Ellis, John Burke, Los Cucarachos, Sr. German Correa a toda la Familia Correa]


Hay un viejo dicho que dice que si vienes a San Miguel, y no visitaste La Parroquia y no visitaste La Cucaracha, no visitaste San Miguel. La Cucaracha sido llamada la cantina más famosa del mundo. San Miguel posee ‘La Cuca', que ha sido un destino mundial para chupar por más de 50 años. En algún momento fue citado por la revista Esquire entre los primeros 10 bares para expatriados en el mundo. Ahora, en su sexta década de existencia, La Cuca no ha perdido nada de su discreto encanto o de su genuina personalidad.

Abierta al público por vez primera en agosto de 1947, se ubicaba originalmente donde ahora se encuentra Banamex, en la esquina noreste del jardín (¡¿Puedes imaginártelo?!). Inmediatamente se volvió popular entre los locales mexicanos y los extranjeros norteamericanos. Muchos americanos veteranos de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra de Corea encontraron el camino a San Miguel sobreviviendo con sus cheques del G.I. Bill. Ellos se inscribieron al Instituto Allende (y en ocasiones, algunos hasta fueron a clases) y pasaron mucho de su tiempo conmiserándose y cotorreando con viejos amigos entre tragos en La Cuca.

El barman, fundador y propietario en aquel entonces era Don Jesús “Chucho” Correa. La familia Correa instituyó la vida nocturna de San Miguel. En ese tiempo, ellos tenían cuatro ‘centros de entretenimiento nocturno’ que incluían: La Cuca, Escondido, Los Topos y La Princesa. Pero hasta antes de La Cuca, no había una cantina como ésta en San Miguel ni en todo México. Verás, hay de cantinas a cantinas. Y muy parecido a las Ligas Mayores de Béisbol, hay distintas divisiones entre clases de cantinas. Y La Cuca fue la primera cantina de su género (piensa en la Triple-AAA). Hombres y mujeres podían ir a La Cuca y las mujeres eran tratadas con el mayor de los respetos en aquellos días.

Don Chucho era considerado ‘el santo de todos los cantineros’ por todos aquellos que tuvieron el placer y el honor de que él les sirviera. El nunca discriminó o rehusó a servirle a alguien. De acuerdo con las memorias de Chuck Ellis ‘Su forma de llevar el negocio era tan inocente que fue un gran éxito. Él sirvió las mejores bebidas del pueblo, cobraba precios de cantina, corría cuentas abiertas para sus clientes y era, él mismo, cálido, honesto y generoso hasta decir basta. No podría dejar a nadie sufrir sed”.

Muchos de los aspirantes a escritores y artistas que caminaron entre esas puertas oscilantes de cantina y que les corrieron cuentas abiertas alcanzaron el éxito y algunos de ellos, la fama. Algunos sólo fueron de esos ‘quisiera-ser’ que hablaban en grande pero nunca lograron mucho. Era común para los clientes regulares de La Cuca abrir cuentas que nunca checaban, era inimaginable pensar que hubieran cobrado de más. Chucho no sólo era conocido por su generosidad, sino por su transparente honestidad.

San Miguel era todavía una verdadera colonia artística (opuesto al arte enlatado en que se ha convertido, donde hasta el banco en el que te sientas tiene precio) y había algo en el pueblo que atraía a personajes interesantes. Ellis escribió: “Desde los inicios, estas mesas estarían plagadas de pintores y escritores frustrados, de pensadores malhumorados y encantadores artistas sobrevivientes, de hombres y un montón de soldados viejos”. Y aquí hubo una letanía de veteranos de guerra en esos días, muchos de ellos viviendo de sus pensiones y curando sus viejas heridas de guerra con los refrescantes anestésicos líquidos de Don Chucho.

Esos soldados americanos, se convertirían en grandes amigos y admiradores de Don Chucho al paso del tiempo, y a través de la edad de oro de La Cucaracha en los años 1950’s y 60’s cuando las películas americanas y mexicanas, eran hechas en nuestro pintoresco y colonial pueblo. La gente se emociona toda cuando escuchan que Antonio Banderas y Johnny Depp andan paseándose por nuestras calles. Pero en el pasado, tuvimos algunas VERDADERAS estrellas de la pantalla gigante, como Robert Mitchum, Charles Laughton, Kim Novak, Anthony Quinn y Rita Hayworth solían aparecer por La Cucaracha. De acuerdo con John Burke, Novak podía poner los pies en el bar mientras se tomaba un trago bien cargado.

Según Ellis “Chucho no era como el promedio de los cantineros, nunca tuvo fotos con las estrellas, nunca tuvo fotos autografiadas colgadas en la pared. El único recuerdo que tuvo de esos días fueron 3 agujeros en el techo, tirados por un borracho que agarró la pistola del guardaespaldas de Mitchum”.

Otros de los clientes regulares eran los literatos: Charlie Portis, autor de “True Grit,” una pequeña pieza maestra que escribió bajo la influencia de los tragos de ‘alto octanaje’ de Chucho; Irving Stone (“Lust for Life”), Willard “Butch” Marsh (“Week With No Friday”), Tory Thompson (“Halfway Down the Stairs”), Gary Jennings (“Aztec”) y el reconocido columnista canadiense Paul Rimstead. Walter Trevis una vez invitó a todos los presentes a su cuenta diciendo con una sonrisa: ‘fórmelos desde “Caballeros” (baño de hombres) hasta la calle!’, recuerda Ellis. Él acababa de vender a Hollywood su libro sobre tiros de billar, “The Hustler”.

Caricaturistas como Bert Voorhees y Charles Addams eran frecuentemente hallados en el Bar de La Cuca y Shel Silverstein, dicen, anduvo por ahí algún tiempo. Pero fue el artista canadiense Bernie Mcloughlin quien hizo la caricatura que todavía adorna las paredes de arriba del bar.

En octubre de 1978, La Cucaracha sería sacada del jardín ante la noción de algún oficial que sintió que el bar era muy inadecuado para la ubicación tan histórica (algunos dicen que la forzada reubicación fue resultado de un fatal tiroteo que ocurrió ahí). El 12 de diciembre de 1978, Don Chucho reabrió el bar en su presente ubicación en Zacateros #22. Las cosas cambiaron cuando La Cuca cambió de dirección. Por un tiempo, La Cuca se volvió menos internacional y podías ver menos de los viejos gringos que solían andar ahí. Se volvió más local, un lugar para los mexicanos. San Miguel en sí, cambió mucho en esos años. Según Ellis, ‘por fin se rompió la convención entre los escritores sanmiguelenses de no escribir sobre el pueblo. Y luego vino la inundación. San Miguel se convirtió en un centro de retiro norteamericano, una meca de la clase devoradora de cultura formada por los retirados--los hombres mayormente buscaban relajarse con su pipa y un libro después de una vida de trabajo, las mujeres ansiosas por hacer lo que ellas siempre habían querido, pintura, cerámica, escribir y actuar en obras amateurs, asistir a conciertos y lecturas de poesía--gente buena seguramente, pero no para La Cucaracha”.

El pueblo creció y prosperó con rentas que se duplicaron, triplicaron y cuadriplicaron. Y, en palabras de mi amigo Clark Spicer, “escritores y pintores prefirieron ir a Bangkok, donde todavía puedes comprar dos cervezas por 25 centavos”. Ellis narra,“Las estrellas de cine se habían ido. Los soldados viejos eran demasiado viejos como para armar el desmadre que una vez hicieron y si Chucho lamentaba que sus viejos amigos ya no vinieran por acá como solían hacerlo, nunca lo dijo. Chucho servía a campesinos con los zapatos rotos los cuales no sabían dejar de escupir en el piso con la misma cortesía del estrellato de otros días. En el Bar de Chucho, un hombre era tan bueno como otro. Siempre había sido así”.

Herman, the man Ellis continúa diciendo: ‘como fueron avanzando los 80’s, Chucho fue bajándole. Seguía siendo el mejor jugador de dominó del pueblo y tenía una concurrencia de mexicanos, “Los Cucarachos” como se llamaban ellos mismos (y aún lo hacen), muchos de ellos desde los tiempos en el jardín. Pero ya no se reía como solía hacerlo. No podía beber, su hígado simplemente se rehusaba a seguir procesando el alcohol. Se sentaba callado, pensando sus ideas, fumándose sus dos o tres cajetillas diarias de Delicados, dando crédito generosamente, sin dejar a nadie sufrir sed”.

Chucho Correa murió de cirrosis el 22 de febrero de 1990, a la edad de 67 años. Un montón de caras atónitas llenaron la iglesia de Las Monjas en una larga procesión conducida hacia abajo de Zacateros, pasando por el bar cerrado rumbo al panteón. Ellis escribió, ‘Su muerte es la pérdida de un hombre único. Y el fin de una época en San Miguel’.

Una de las grandes tradiciones que empezó en el nuevo local de Zacateros, fue el jueves de botanas. Lo que se inició como una simple botana gratis, servida a los patronos a lado de dominós y tragos, se ha convertido en un ritual. Cada jueves, los más antiguos y reverenciados clientes, personas conocidas como “Los Cucarachos”, regresan a La Cuca a recordar viejos tiempos, jugar dominós y disfrutar la compañía entre ellos. La familia Correa provee la deliciosa comida casera—gratis!! Lo servido ha evolucionado más allá de botanas y se ha convertido en una cena completa. La comida es generosamente preparada por varios miembros de la familia Correa, es traída de su casa y servida a los agradecidos clientes, más o menos a las 6:00 de la tarde. Todo el mundo es bienvenido a la comida gratis, aún aquellos que no pueden comprar un trago. Es probablemente una de las tradiciones más genuinas y auténticas de San Miguel que yo he tenido el placer de convivir. Uno puede casi sentir el espíritu generoso de Don Chucho sonriendo al evento. Es en verdad una experiencia hermosa.

La Cuca, como todo en nuestra cultura, pasa por ciclos, apareciendo y desapareciendo de la popularidad. Pero lo que no se ha desvanecido al paso del tiempo es la filosofía universal de Don Chucho Correa de un bar abierto que da la bienvenida a todos. Una de las primeras cosas que me impactó de La Cucaracha cuando llegué a San Miguel, fue la diversidad de la clientela. Tienes una mezcla de cada raza, cultura, posición socioeconómica, sexo y preferencia sexual: tienes campesinos pobres, estudiantes clase medieros, niños ricos ‘fresas’ del D.F. y cholos del este de Los Ángeles. Encuentras hippies, artistas y escritores gays de media edad y viejos retirados, algunas veces ricos. Todos revueltos en una perfectamente armoniosa mezcla digna de experimento social. Y por supuesto, cuando hay alcohol, siempre hay la posibilidad de un pleito ocasional. Alguien tratando de medir los límites de alguien más. Hay noches en La Cuca, donde puedes cortar la tensión en el aire con cuchillo y tú ya sabías que iba a haber bronca. Pero hay otras noches (hace dos jueves, por ejemplo) en que no sientes nada que no sea buena vibra de La Cuca, todo mundo está de super buen humor y tú puedes palpar lo que debió haber sido hace muchos años.


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