La Jerga Mexico La Jerga Mexico
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alan tarbell

Despiertas temprano, sales tarde, en un estado onírico aparente... Y sigue así el tema musical de San Miguel de Allende y de la cara surrealista de todo México. La idea del tiempo aquí, como muchos sabrán, no sigue las reglas. O sea que en lugar de un día de 24 horas, podemos tener fácilmente uno de 68 horas o de 27 segundos... Lo cual nos deja en algún lugar entre la tercera y la cuarta dimensión, cautivos en el vértice que dibuja y atrapa a tantos de nosotros aquí.

Aquellos que vienen de visita, tienden a amar u odiar este aparentemente dócil pueblo colonial en el alto desierto de México. Embelesados por su pintoresca belleza, posponen todos sus planes para prolongar el encanto. Otros, se ven inmediatamente expuestos al lado oscuro de esta energía y son expulsados por los ambientes del exceso. La forma de comunicación aquí, es de oídas; comúnmente se desvanecen las líneas entre este jaloneo de circunstancias iguales y opuestas. Se dice que todo depende de la dirección del viento en determinado día para que nos toque y nos lleve... o nos mantenga aquí, para nosotros debemos quedarnos.
Mas allá de la primera experiencia y una vez que se es capaz de ‘abrir el sobre’, todo eso que ha sido tocado, se empieza a sentir la comezón y debe regresar a ser envuelto en la magia.

Ahí hay mucho de esto para repartirlo por todo el país, probablemente gracias a la apertura hacia los jugos creativos que se generaron por esa mezcla en la fundación de México. Esta fusión de culturas poderosas compró la vitalidad que tiene su origen en el alma de esta tierra. Este concepto me lleva a pensar que mientras todos nosotros giramos alrededor de nuestro pequeño mundo en San Miguel, pueden pasar los años, sin siquiera haber sabido nunca que hay otras cosas, otros lugares, vidas que se están viviendo en otros países por todo el mundo. Yo supongo que a lo que lo que quiero llegar es, que si aún pequeño, la química es grande y hay gran variedad de actividades que nos mantienen inmersos en nuestro pequeño mundo.

Pero todo tiene su punto de quiebra y debemos bajarle a la lumbre antes que se derrame el agua. Parece tranquilo en la superficie, pero cobra su cuota, incluso demasiada diversión puede tirar la casa si no le estás echando ojo. Por eso surge la idea de poner un pie afuera y darse un brake. Pero por supuesto, este concepto debe construir, las cadenas del hábito no son fáciles de romper. La idea primero se concibe en la mente, luego se propone a los demás, contemplada y reconsiderada mil veces así como el itinerario está fluctuando constantemente al momento de partir. Entonces, sólo si el viento obedece a tan importante día, es posible escapar de San Miguel.

Los milagros ocurren y quiero contarles de una salida reciente, un viaje para revitalizar el alma y refrescar la mente, abriendo nuevos canales de pensamiento y comprensión, haciendo parecer el regreso al microcosmos de San Miguel como la primera visita, un nuevo ciclo o como si le estuvieras descubriendo de nuevo.

“Las llaves, las llaves… ¿En dónde dejé las putas llaves?” Toda la planeación y preparación previa al viaje en el mundo no deja lugar para el momento de frustración causado por la inimaginable ubicación de las llaves. En la loca apuración de tener a todos los participantes sincronizados en la mañana de la salida; desde sacar cosas innecesarias hasta las decisiones de última hora para llevarte ese lujito, el retraso de la casa al coche se convierte en una carrera salvaje. Con la mente colectiva ya puesta en el camino, las llaves se fueron dentro del alguna de las mochilas empacadas a la carrera. Total que, una salida que debía ocurrir a las nueve de la mañana, termina siendo a las 11.Por fin en el camino y literalmente, con un suspiro de alivio. La libertad y el sentimiento de emoción que brindó este primer paso bajo el cielo abierto, es fantástico. Se había fijado el destino, pero ese rastro de aventura ligado a la experiencia aún por revelar, es verdaderamente atractivo.

Ben había había plantado la semilla hace casi 2 años antes, con unas fotos borrosas de cañones con paredes de 1000 pies, cascadas y albercas azul turquesa. Su historia sobre un oasis desértico enclavado a los pies de las montañas, un río termal produciendo un paraíso paradójico de plantas tropicales, la infusión de agua tibia y fría emanando del vientre de la mexicana madre tierra creando un equilibrio armonioso, la verdadera fuente de la vitalidad.

Es innecesario decir que todos los involucrados estábamos embelesados con la idea de acampar una semana entre tanto esplendor. Ben, nuestro guía, un joven pero experimentado veterano de San Miguel, tenía clavada en su cabeza la ubicación del lugar desde hacía unos cuantos años. Yo, tratando de sacar dos años de estudios institucionales disciplinadamente aquí en el pueblo, tuve que regresar a la pasión que había puesto en pausa, la exploración de la energía salvaje y exótica en el planeta. El tercer miembro de nuestro equipo, relativamente novato en la escena, fue Juan. Después de mojarse las orejas en el pueblo con un curso express sobre todas las limitantes que te puedes topar en México, él estaba igualmente listo para un descanso del constante nadar contra la corriente, listo para frenar y dejarse llevar.

El ambiente mañanero se dio para liberar algo de las tensiones de los preparativos y la emoción del hecho de que los planes ahora eran una realidad manifiesta. Beats y rimas, bellamente simplistas, a pesar de que sea un poco agresivo a veces, mezcla de cortes rítmicos, anunciado el ego y revelado en su gloria. “¡Wujú, allá vamos!”. El convenientemente enaltecido estado poético conque comenzó el viaje, pronto se bajó a mágicos trazos de vibras melódicas y melancólicas, trances líricos muy adecuados para la experiencia de un día gitano moderno. La música, sin lugar a dudas, fue un factor esencial del viaje. Cargamos con nuestras intenciones de alcanzar nuevos planos de meditación personal y comunicación. Todos nuestros instrumentos de percusión iban cargados entre mochilas atiborradas. Aventurándonos a ese recóndito lugar de la Tierra, sabíamos que debíamos alcanzar sus latidos a través de nuestros instrumentos. Tres didgeridoos, tres pares de claves, dos dijimbes, un dumbek y un juego de bongos. Íbamos preparados para sonar en el nuevo año solar y darle la bienvenida al cambio y a un nuevo ciclo de primavera.

Unas cuantas horas en el coche yendo entre el siempre vasto cielo y una creciente armada de magueyes, el corazón del panorama mexicano empezó a envolvernos en su ritmo, llevándonos dentro de su propia esfera. Trepando por montañas caminos terregosos, arriba y abajo, virando entre piedras sueltas, lentamente dejamos todas las ciudades atrás. Los pueblos de casas dispersas, de repente eran el único vestigio de actividad humana en esta tierra comunal indígena. Habíamos llegado a El Ejido. Fundado por Benito Juárez a fines de los años 1800s, estas grandes extensiones de tierras rurales se han mantenido bajo la propiedad y administración indígena, conservando los principios de su comunidad. Esas áreas siguen teniendo, relativamente, un sano estado natural entre la expansión de la mancha urbana y la basura.

Finalmente superamos los cañones preliminares, nos movíamos a lo largo de una filosa cresta, captando el primer vistazo de nuestro destino y una alentadora vista de las montañas apenas entrando. Paredes de rocas monolíticas en forma de torre unidas al chaparral desértico y la ocasional aparición de un órgano enmarcaban una serpiente azul cristal en el fondo del cañón. Brillando al sol, flotando sobre la superficie con sus aguas azul índigo, el río nos invitó a descender en su tibieza. La bienvenida fue mejor de lo que esperábamos, justo entonces nos saludaron unos niños de la comunidad que andaban en bicicletas. Sin defensas jamás aprendidas, se nos acercaron con una sencillez que no se da en la ciudad. Brincando entre ellos y el carro, estuve al pendiente por aquello de las latas de spray. Pero en lugar de agregarle algo al graffiti de los niños de mi colonia a mi carro, ellos nos estiraron la mano pronunciando con auténtico placer ‘Hola ¿Cómo están?’. Increíble, de vuelta en el carro, me sentí tonto por nuestra reacción, reflexionamos sobre el hecho de que este tipo de hospitalidad y amabilidad es directamente proporcional a ser criado en un lugar tan hermoso y abierto. Desde ese momento, fuimos más modestos todo el tiempo con nuestros anfitriones de El Ejido al poniente del río.

La bajada fue engañosa y mi mente comenzó a dudar de la capacidad del carro para subir de vuelta, cuando llegara la hora de irnos. Sólo se me ocurría que pudiéramos con nuestros espíritus rejuvenecidos perder peso y salir sobrevolando a nuestro regreso. Ben había dicho que tendríamos que caminar con todas las cosas, cruzar el río y subir una imponente colina para alcanzar a ver un campo dorado. Nos había asegurado que si nos íbamos a la mitad de semana, podríamos hallar el mejor lugar para instalar nuestro campamento; que lograríamos establecernos en un sitio desde donde tendríamos una vista desde arriba del cañón con nuestras propias albercas calientes en cascada flanqueando la vista. Todo era cierto, excepto que nuestro guía, no estaba seguro con respecto a la dirección de nuestra llegada. Eso no era parte de su experiencia previa. Ocurría que habíamos llegado por el lado opuesto a la otra vez que él había ido y nos estacionamos, literalmente, a 200 metros de la vista deseada. Fue tanta aventura de caminata con nuestros pesados instrumentos y los gustos innecesarios hasta el lugar que habríamos de llamar ‘nuestro hogar’ durante la próxima semana.

Ahora, si existe algo como la fuente de la juventud, esto fue lo más cerca que he estado de ella. Para un cazador ávido de encontrar aguas termales curativas, esto debe representar algo. Sumergí mis huesos cansados después de mucha añoranza de la abundancia de albercas calientes naturales regadas por todas las montañas de la Sierra Nevada en mi natal California. Ni hablar de sitios parecidos en otras tierras tan lejanas como Nueva Zelanda e Indonesia. Gemas de la naturaleza, son espacios adictivos por sus poderes para rejuvenecer la mente, el cuerpo y el alma.

Este hecho fue completamente evidente desde el primer minuto en que dejé caer mi mochila al suelo. Yo, quien había manejado todo el camino en mis bermudas con la previa disposición a rendirme inmediatamente a las aguas, me quite la playera y los tenis y estuve chapoteando y haciendo burbujas antes de que los otros hubieran bajado sus cosas. Poco después estábamos nadando, riéndonos y jugando como niños chiquitos, llevados por la magia que nos rodeaba. Los platanales se inclinaban delicadamente sobre las albercas de agua tibia, hermosas formaciones rocosas cubiertas con musgo y distintas plantas naciendo de sus cavidades.

La noche cayó clara y nos transportó de vuelta al amanecer del hombre, confinados a un lugar que trasciende el tiempo y el espacio. La misión era relajarnos un poco, dejar nuestro día a la realidad de ese día y conectar con algo de la esencia que es la raíz de todas las cosas. El éxito en los primeros días fue impactante, fuimos transportados por la luz y la música, convirtiéndonos en uno con los elementos que nos rodeaban.

Seguro, con el éxtasis vienen también algunas decepciones y, por supuesto, nuestra imagen idealista debía ser tocada por algo que nos dijera que la experiencia había sido real. Si no, no habría un punto de comparación para confirmar la grandeza de todo esto. Hubiera sido sólo un sueño. Al coincidir en ese fin de semana la entrada de la primavera, llegaron hordas urbanas creando una versión natural de una fiesta después del partido de fút y revirtiendo completamente toda la atmósfera. Pero lo tomamos con calma, estando tan enamorados del lugar, realmente nada podría molestar a nuestros espíritus. Después de mucho quejarnos de los borrachos cargando sus hieleras, burlándonos de las familias enteras que llegaban con sus ‘aquasocks’, decidimos que ‘si no puedes contra ellos, úneteles’. Entonces nos abrimos al caos, cruzamos hacia el lado más comercial de El Ejido al otro lado del río, compramos nuestras caguamas y empezamos a tocar mezclándose nuestras percusiones con el psycho trance que salía de una caja de sonido que funcionaba con una batería. Era una mezcla única, pero creo que sí sacamos de onda a algunos con la fusión del turbo didgeridoo, y los acelerados afro break beats. O sea, nuestra energía estaba muy arriba y la dejamos salir unida a esas vibraciones sintéticas.

Nadar en las cuevas y en los pequeños rápidos se convirtió en la actividad más divertida, pero ese fin de semana era como formarse para el tobogán en cualquier parque acuático, mejor nos alejamos de las masas y anduvimos de vuelta hacia aquél punto por donde estacionamos el coche. Otra vez alejados de todo lo demás, transportados por el viento a una ventana congelada en el tiempo. La subida estaba empinada y llena de pequeñas espinas, respetuosamente trepamos sobre una roca con forma de dientes y entre cactus para llegar a un pináculo que nos daba una vista de 360 grados de nuestro entorno. Ésta superaba todas las aventuras de la semana y ponía en perspectiva el propósito del viaje, porque sabíamos que nos quedaba poco tiempo ahí.

Entre nuestras excursiones diarias nosotros estaríamos volviendo a nuestro centro sagrado, con la lámpara chispeando cerca y arrastrados en la conversación de las melodías que íbamos creando. Esto formaba los brakes entre los continuos chapuzones y preparar alguna de las delicias que llevábamos. De vez en cuando, no teníamos que cocinar porque el fin de semana tenía muchas opciones en los puestos que buscaban capitalizar la llegada de vacacionistas. Literalmente tuvimos ‘servicio a la habitación’ en algunas ocasiones. ‘Unos huaraches y pulque por favor, voy a estar en los chorros calientes’. No hay necesidad de decir que no fue nada rudo, pero finalmente no era la idea del viaje, sino relajarse y recargar batería.

Con nuestra misión cumplida, empacamos nuestras cosas y disfrutamos una lindísima mañana después de que toda la multitud se fue de vuelta a la ciudad. Queríamos una última zambullida bajo el fuerte chorro de agua caliente para masajearnos todo e ir de vuelta a nuestras vidas, pero entonces vino otro trago amargo. El cambio particularmente en ese fin de semana, era evidente. Un poco de influencia externa había tomado este magnífico lugar y convencido al Ejido de que no sólo debían mantener esa hermosa maravilla natural, sino también obtener dinero de ella. Y entonces viene el inevitable cambio y la triste corrupción de nuestras más increíbles maravillas de este mundo en busca de la ilusión de un falso horizonte. Nuevas reglas, más caro, hasta vimos pintados nuevos letreros y patrocinadores en las tiendas cuando un día antes no había nada de eso. Entonces nos fuimos, regresamos a decirles que por qué teníamos que pagar para entrar en la cueva otra vez, si ya habíamos pagado para acampar y disfrutar el área toda la semana. Bueno, una discusión mínima sobre el extremadamente limitado apoyo a cualquier razonamiento ofrecido acerca de por qué pagar la entrada en esa ocasión particular, no llevaba a ningún lado. Nos fuimos de nuestra alberca favorita, bajamos una cuantas veces más por los rápidos, sumergiéndonos y girando para liberar la tensión una vez más.

Con el carro listo, sintiéndonos frescos y limpios, empezamos lentamente el regreso. El camino estaba flojo y tuve que probar la máquina un poco para que lo aguantara y lo logramos con sólo una parada para empujar. Ya en la cumbre hicimos una última parada para que el coche se enfriara y para la despedida final. Aún con los cambios que había sufrido, no había ni un solo resentimiento sobre este lugar que sanó nuestras almas y nos dio nueva vida. Un agradecimiento final para sentir que nos movíamos de nuevo y el jalón de San Miguel podría sentirse nuevamente. Fuimos soltados lentamente de esa energía del cañón, dándonos un útil empujón para enfrentar nuestro camino de vuelta en la maraña que representa San Miguel.

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