un duelo desigual...
Selección vs. Elección
Por José Juan Castañeda Olvera
El electorado, por aplastante mayoría, deambula con una venda en los ojos a la que bien podemos llamar indiferencia, aunque bien podemos aplicar otros términos. Frente a las reducidas oportunidades, no sólo de abrirse paso hacia una vida de calidad, sino de participar activamente en un sistema que de democrático sólo tiene la etiquetita de se respeta el voto, es comprensible que el ejercicio político sea visto como algo que poco tiene que ver con asuntos aparentemente más necesarios en una vida que marcha entre el desaliento y las pocas puertas para crecer y mejorar las condiciones para el sustento familiar.
De repente, visto el escándalo como un motivo para alimentar la necesidad de ver la caída de figuras públicas, la gente voltea y se escandaliza muchas veces sin alcanzar a comprender el significado de tanto alboroto pero que le resulta sumamente satisfactorio. Alguna historia que ventila corrupción o alguna declaración de caricatura, sirven de anzuelo para que la sociedad se enganche por breves momentos en la comedia política nacional. Y como los escenarios son, efectivamente, nacidos de la risa y el ridículo público, tal pareciera, desde la perspectiva del ciudadano promedio, que la política se trata de chacoteo y rateros muy al estilo chómpiras, sólo que con saco no tan percudido. |
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Sobre esa misma venda que ya hicimos mención, se tiende otra que termina por opacar la vista para interesarse en los asuntos que le competen directamente: el fútbol. Han iniciado días de fiesta futbolera. El mundial, cuya duración es prácticamente de un mes, llega justo en la recta final de las campañas de los presidenciables, en vísperas de conseguir el voto. La competencia es dura, y diríamos que casi imbatible: un enfrentamiento por llamar la atención del público, entre el mundial y las campañas políticas, en términos futboleros, es parecido a un encuentro entre algún equipo de la tercera división del fútbol mexicano y la selección de Brasil. Las diferencias son infranqueables, y es imposible eclipsar la atención de la competición en suelo alemán.
 Concientes de la desventaja, las campañas van encaminadas a asomarse chiquitas en las pantallas de televisión, como aquellos niños que rebasan la edad en que acaparan la atención, pierden la gracia, y buscan desesperadamente recuperar su lugar como consentidos de los adultos. Brincan, saltan, patalean, repiten chistes que en anteriores ocasiones funcionaron, pero que ya sólo molestan. Entonces el voto indeciso, el tan mencionado voto que lo mismo se cae pa'llá que pa'cá, busca ganarse apelando al inconsciente seducido entre escenarios mundialistas.
A pesar del IFE, a pesar de su repetida fuente segura de confianzas, la gente sigue dudando de los procesos electorales. ¿Cómo borrar tantos años de fraudes, votos fantasma, caídas de sistemas, casillas alteradas, dictaduras perfectas? La confianza se seguirá ganando con procesos limpios, y no con uno solo. La credibilidad aún es como aquellos indecisos, que la más leve brisa decide el lado de su caída. No se puede pretender interesar a la gente en la participación activa como responsables ciudadanos, si para empezar, no están conscientes de que ese es su papel, de que parte de una democracia es el dedo de un ciudadano elevado al aire, desde una calle, desde su hogar, desde la oficina, en propia presencia de las autoridades, y no en representaciones falsas desde un curul.
No es por lo tanto sorpresivo que el Mundial sea para muchos mexicanos más importante que lo que acontecerá el próximo dos de julio. El ánimo nacional será pulido por los resultados de la selección mexicana y no por las propuestas de campaña en este cierre que desde ahora prevemos, muchos olvidarán. Por ahí se mencionan posibles influencias en la intención del voto, o el abstencionismo, según le vaya a Lavolpe y compañía. No es para nada fantasiosa esta aseveración. Un elector furioso, indeciso, puede responder a la brisa para dejarse caer al lado de la oposición. Uno contento y satisfecho, puede dejarse caer sobre la comodidad de que todo está funcionando bien.
El abstencionismo sólo puede darse por el olvido con tanto balón y portería. El dos de julio, domingo, no habrá partidos del mundial. Pero el problema de las filas en las casillas no tan concurridas como uno deseara pasa por otro lado. El sentimiento general, sumido en una ignorancia nacida desde intereses que no permiten la participación de la gente, obliga a la mayoría a clamar resentida sin comprender la imposibilidad de sus palabras: la vida sería mejor si la política no anduviera metiendo las narices en todo.

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