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Zelu Lloyd

Sí, estos días ha brillado un tema sobre todos los demás en las mentes mexicanas: el mundial de fútbol. Inmediatamente después, claro, nuestro próximo presidente. Y tras una campaña más sucia que cocina de restaurante, las únicas trifulcas pena-ajenosas que quedan en la tele están en los reality shows y fuera del presupuesto. Pero por pura nostalgia y como soy encajoso, le pongo enfrente estas dos historias politiqueras para ver cual le provoca mucha risa por ser ficticia y cual mucho llanto por no serlo.


La Villa era un pueblo apacible hasta que llegó el progreso. Las puertas tenían por candado un palito y una cuerda delgada, que al estar amarrada anunciaba que no había nadie: es decir, que si tenías que pasar, usaras la puerta trasera. Genaro y Martín asistieron a una reunión de militantes del Partido, donde se iba a votar por el candidato a presidente municipal. Un par de discursos, tres porras y docenas de votos más tarde, desfilaron con su elegido por las recién empedradas calles hacia la presidencia municipal. donde los esperaba -sonriente- el recién nombrado candidato, todavía con huella digital en la frente. A sus casas, emprendedores del pueblo.

Los tranquilizaron con la promesa de nuevas herramientas para la urbanización de sus calles. Y se hizo realidad el día del desfile estatal, cuando los llevaron sobre un camión del partido, y orgullosos empujaron carretillas y mostraban azadones brillantes. De regreso, les pidieron cargar otro camión con las relucientes herramientas, para llevarlas al pueblo. Ya en casa, descubrieron que la entrega sería el año siguiente, a tiempo para el próximo desfile.

Angustiados y molestos, hicieron bola y reclamaron una promesa cumplida cabalmente. De manera honorable y generosa, el municipio realizó un censo general y los emprendedores llevaron a mano un par de marcos para ventana a todas las casas del pueblo que carecieran de ellas.

Sólo tenían que hacer el hoyo y ponerles vidrios. Los emprendedores se pusieron muy contentos y llenaron de luz sus casas. Pero al asomarse, descubrieron que sus vecinos llenaban de pulque sus panzas.. con el dinero que obtuvieron a cambio de sus ventanas.

Desde entonces y hasta ahora, el progreso es alacrán en ese pueblo. Llega, pica, y se va antes que lo alcancen.

 

 

 

Ricardo no tiene dinero, pero por fortuna tampoco tiene vergüenza. Cuando su amigo Rock se queda sin trabajo ni esposa, lo lleva con él a una aventura breve en San Salvador, lugar que ya conoce y donde hay una revuelta guerrillera.

Si logra sacar algunas buenas fotos y hacer un reportaje digno, puede ganar mucho dinero y pagar sus deudas de bebida, juego y mujeres.

Se pierden en el camino, pero se divierten un poco y están justo a tiempo para no ser asesinados por los soldados del gobierno.

Ricardo se enfrenta al hombre equivocado y casi muere por ser gringo y ser reportero, pero afortunadamente tiene un amigo de uniforme y dinero suficiente para sobornar a los soldados. Trabaja a favor de los guerrilleros y también del ejército, en un forzado y peligroso papel de doble espía. Mientras hace lo posible para que su amigo, entregado al alcohol, no atraiga las balas. Como suele llover sobre mojado, se reencuentra con una pueblerina con hijos, que pensaba que él no iba a volver. Por primera vez, su pellejo no es él único a salvar. Muy pronto, con suficientes fotos para darle un Pulitzer, dos o tres amigos muertos, muchas heridas y una familia a su costado, usa todo el descaro que le queda para salir ileso de la nación que podría matarlo, y que casi lo logra.

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