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Zelu Lloyd

¿Qué es Inglaterra para nosotros, humildes mexicanos? Por una parte, la imaginamos como la orgía más grande de aburridos del mundo. Por otra, es como una máquina de riqueza y civilidad. Dudamos que ahí aceche la injusticia e impunidad; eso es nuestro, ¡Pus estos! Pero no, aquí le muestro dos historias (una sólo de la realidad, la otra viene del cine) donde los eficientes ingleses meten la pata. Distingan cuál es cuál…

Gerry es un joven que está aprendiendo a vivir, y toma todos los malos consejos. Roba a una prostituta, extrae material de los techos, etc., se dedica a perseguir faldas, drogas y comodidad. Un día, una explosión terrorista que mata a varias personas justo cuando pasea por Londres lo hace reconsiderar su visita y regresa a casa.

Pero una madrugada llega una redada sorpresa, la policía lo arranca de su cama acusándolo del atentado y lo lleva a una larga interrogación a cargo de un detective sádico y hambriento de culpables. Ferry es conocido (como fracaso) por miembros del IRS y un cabo suelto en la sociedad: resulta el acusado perfecto. Bajo tortura y amenazas, firma su confesión y es declarado culpable. Cuatro miembros de la familia son encarcelados desde 14 años hasta el resto de su vida.

Es encarcelado con su padre, el hombre que hasta hace poco detestaba y menospreciaba. Su padre, por lo pronto, tiene que olvidar su rechazo por la vida de su hijo y renovar su amor. Clamando como en el desierto por su inocencia, después de años logran que se una a su causa el necio abogado Gareth Pierce.

Demuestran que muchas pruebas a favor de los acusados fueron escondidas, logran que se reabra el caso. Y de pronto, mucho sudor, sangre y sobre todo mucho crecimiento después, aparece una luz de esperanza... de limpiar el nombre de su padre.
 
 
En la siguiente historia, la policía se enfrenta a extremistas islámicos que planeaban bombardeos suicidas en el metro londinense. Al otro día por la mañana, el operativo especial “Hotel” se preparó al recibir informes: Osman Hussain, sospechoso importante, estaba saliendo de un edificio sospechoso. El hombre tenía apariencia musulmán, de acuerdo a los vigilantes. Mientras los oficiales en el centro de operaciones intercambiaban datos e imágenes, el sospechoso abordó un autobús urbano, seguido de cerca por algunos oficiales vestidos de civil. El hombre miraba su reloj y sus alrededores con cierta aprensión.

El comandante Dick, encargado de la operación, ordenó que se pasara al Código Rojo; éste era un suicida con explosivos, y todos los disparos debían ser a la cabeza, para no detonar una bomba que tuviera sujeta al torso.

 

 

Entonces se acercaron a una estación de metro, y el sospechoso apretó el paso al entrar. Alarmados, los oficiales corrieron tras él. Hussain sacó un celular e hizo una llamada. Justo cuando los perseguidores iban a correr tras él, se detuvo a tomar un periódico gratuito. Pasó por las barreras, bajó las escaleras y, justo cuando estaba llegando el tren, echó a correr. Alarmados, los oficiales corrieron tras él. Cuando entraba al vagón, mantuvieron la puerta abierta y gritaron “¡Aquí está!”.

Entonces el mundo se revolcó. El sospechoso se puso de pie pero fue sometido. El vagón se llenó de oficiales comenzaron las detonaciones. Siete impactos directos en la cabeza.

La policía: satisfecha, los reporteros: satisfechos, el público: satisfecho. Pero un día después, el comandante Dick tuvo que sentarse con una noticia inesperada: el hombre que había muerto no era Hussain sino un brasileño electricista que iba en camino para reparar una alarma contra incendios.

 

 

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