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Zelu Lloyd

Ahora que las hojas caen de las ramas, las aves migran, el frío llega… la mortalidad del año nos recuerda la nuestra. Mientras los mexicanos recordamos nuestros muertos, nuestros vecinos transmuralenses celebran sus espíritus con disfraces. Como nunca le doy la espalda a ninguna cosa oscura o retorcida del género humano, le presento, amable lector, éstas dos historias de terror para que distinga la película terrible de la terrible realidad.

 
Edward, de quince años, está harto de la ciudad y busca quien lo contrate en el campo. Pronto acude a su casa el señor Howard, un anciano callado, de hablar cordial y educado, quien se gana la confianza de sus padres y su hermosa hermana de 10 años. El señor visita con fresas y queso fresco en una canasta, directas de su granja. La familia, atrapada en su pequeña casa y vida urbana, se maravilla y, cuando el amable viejo invita a la pequeña a una fiesta infantil, los padres aceptan.

El par nunca regresa, y pronto la policía descubre que no existe ni la granja ni el señor, ni los empleos. El detective King se apodera del caso en cuanto lo escucha, pues sigue tozudamente otros casos de niños desaparecidos considerados imposibles de resolver.
 

La descripción concuerda con “El hombre Gris”, un misterioso anciano que parece vagar por varios estados secuestrando niños. Un buen día, el hermano mayor de Gracie aparece con una carta del secuestrador. En ella cuenta, con terrible detalle, como la llevó a una casa apartada, la asesinó y se la comió de manera elaborada.

Usando astutamente el sobre, pudo rastrear el edificio de donde salió, y pronto a la persona que lo habitaba. Con sólo una torcedura de muñeca, el detective King mismo lo sorprendió y sometió. Entonces escuchó de la boca de Albert (su verdadero nombre) los relatos de las docenas de chicos que secuestró y mató. A todos se los comía de distintas maneras, inventando nuevas recetas que guardaba.

 
Decía que se le ocurrió cuando un veterano de guerra le contaba que durante una hambruna en China, la gente vendía a sus niños como comida para sobrevivir, y que nunca había probado carne más deliciosa en el mundo. Albert, quien ya escribía cartas obscenas, se torturaba con agujas, fuego y clavos, se obsesionó. Vivió varios años haciendo sus fantasías sadomasoquistas realidad, hasta su captura y juicio. En sólo una hora, el jurado le adjudicó la pena de muerte. Albert se paró y agradeció al juez que lo mandara a la silla eléctrica. Era un inmenso privilegio oler su propia carne asarse, cosa que nunca se había atrevido a hacer solo.
 
 
 
Donald es aparentemente un chico típico de una comunidad suburbana de los Estados Unidos. Pero es un miembro problemático por varias razones: es muy inteligente, crítico y hace muchas preguntas (cosa mala en un medio así), tiene antecedentes de esquizofrenia y piromanía, y debe tomar constantemente medicamentos anti-alucinógenos. Por si fuera poco, está viviendo con un conejo humanoide muy macabro que lo saca a hacer destrozos por la noche y predice el fin del mundo.
 
Don vive con unos padres y hermanos que se preocupan por él, a veces más por lo que puede hacerles que por lo que puede sucederle. Su comunidad es un mundo opresivo, donde incluso los alumnos ven el conservadurismo con buenos ojos, y hay pocas oportunidades para la individualidad. Defiende a los miembros rechazados, cuestiona los valores maniqueístas que sus profesores, desvergonzadamente, le imprimen a cada clase. Mientras tanto, debe lograr conquistar a una chica que le gusta y que tiene un gusto por él… algo difícil incluso para alguien más común.
 
En su primer encuentro, el conejo diabólico lo salva de una turbina de avión que cae sobre su cuarto. Asombrado, deja de tomar sus medicinas para probar lo que dice el conejo: que puede ver hacia el futuro y que de sus actos puede probar la hipocresía de quienes lo oprimen. Pero el día del fin del mundo llega y Don descubre que el hombre vestido de conejo existe: es un compañero descuidado que accidentalmente mata a su chica. Entonces, descubre quien mató al conejo: él mismo. Entonces huye, buscando como deshacer el mal hecho, tal vez, viajando por el tiempo.
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