
Decía mi abuela: “A toda acción le corresponde una reacción inversamente roporcional al tamaño del chingadazo multiplicado por 2 y dividido uni-direccional-mente entre los diversos integrantes del guateque”.
¡¡¡Qué razón tenía la vieja méndiga!!!
Aquella lluviosa noche Leondrinense, estábamos mi compadrito el Lagartijo traicionero y su amable servi-bar ingiriendo bebidas de dudosa procedencia en un viejo barezucho de la Calzada de los Héroes, cuando, nomás por chingar y al grito de ¡puto el que se agache!, una silla voladora de la reconocida marca Corona surcó los aigres y fue a caer completita y en dos patas sobre la jeta de una damisela que sin deberla ni temerla le chupaba con popote a una moradita con Oso Negro en compañía de otras 3 féminas; el chingadazo fue tal que provocó el silencio total en el congal, nadie dijo una palabra, la música dejó de sonar, todas las miradas se volvieron inquisidoras y se dirigían en una misma dirección…..
Alegaba mi condecorada abuela que “El que con niños se acuesta le regala botellas bellísimas a los gobernadores”.
¡¡¡Qué sabía la hija de la chingada!!!
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No era difícil imaginar que el autor seudo-intelectual del lanzamiento de silla en “V” con triple grado de dificultad había sido mi libre y soberano acompañante, así que, con esa complicidad que existe en las miradas de los weyes que saben qué ya valió madre el asunto, ambos dos corrimos hechos la chingada en dirección a la pequeña puerta de salida. No faltó quien intentara detenernos, en obvio afán de aparecer como el héroe que detuvo a los sátrapas que osaron perjudicar tan hermoso y darketo hocico; sin embargo, y valiéndonos de los envases de caguama semi-vacíos que aún portábamos, cual viriles caballeros sorrajamos putazos a diestra y siniestra llegando a la tierra prometida, no sin algunos rasguños y pellizcos de culo de por medio, sabedores que de ser detenidos la prometida iba a ser mucho más dolorosa y con grava en lugar de tierra.
Argumentaba mi sacrosanta abuela… “No importa cuanto corras, de cualquier forma el pinche destino hijo de su puta madre te va a alcanzar”.
¡¡¡Pinche brujaaaaaaa!!!
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Sin mirar pa´ tras y corriendo a la máxima velocidad que daban los converse All star, nos enfilamos en automático hacia lo que en los bellos tiempos fuese internacionalmente conocido como “El Bar del Pollo & Club de los corazones rasca-huele”, el cual a últimas fechas había metamorfoseado en vil lonchería y cambiado a sus otrora metaleros feligreses en mansos corderos que se empedaban viendo videos del Putrillo y bailando cumbias de Chico Che; total, ya no era lo mismo, pero ahí estaríamos a salvo. |
“Cuando la cagues, corre, lárgate hacia cualquier lado, pero nunca regreses al rancho” esa es de Fox, y no tiene nada que ver con mi “Agüe”, pero también queda.
Llegamos jadeantes y jalados, lo único que deseábamos era entrar, destapar una Victoria, contarle al Pollito la choco aventura del día, mucho reír y juar juar juar; pero al ingresar al local lo que nuestros ojitos pizpiretos percibieron nos llenó de horror. Estaba ahí, colgando del ventilador una corbata, de la corbata colgando un cuello y del cuello colgando el resto del puerco del Pollo, con su piquito que ya parecía de guajolote. Entre los dos sujetamos el bulto y desamarramos la corbata, mi compita de inmediato le dio respiración de boca a boca mientras yo merito le asestaba tremendos chingadazos a la altura del corazón tal y como lo vi en una película porno de doctores contra enfermeras; el casi muerto comenzó a toser y toser, guacareó dos guacamayas y un burrito de chicharrón prensado; pocos segundos después ya respiraba casi con normalidad. Una vez seguros que el interfecto gozaba de cabal salud, nos dispusimos a brindar con unas chelas, pero justo al intentar abrir el refri, una mano pachona tomó mi muñeca lilly ledy aplicándome la mortífera y efectiva manita de puerco, quise pedir ayuda al Lagartijo pero él ya estaba ocupado con dos changuitas que le aplicaban sin piedad y con absoluta coordinación la de a caballo de carrusel y la desnucadora a la entre pierna.
Ésta también es de mi abuela “A las Mujeres ni todo el amor, ni todo el dinero”.
Imploramos perdón, nos humillamos, lloramos, les besamos las patas, les ofrecimos lana, viajes, fama, noches enteras de placer sin límites… nada parecía satisfacer sus deseos de ven-ganza, sus ojos iracundos no daban muestras de conocer la piedad, nos encueraron toditos enteritos y nos sentaron uno sobre otro en una sola silla, afortunadamente a mi me tocó ser el de hasta abajo. Así, en trío, encuerados y amarrados en una pinche silla, nos llevaron cargando hasta la mitad de la calle, acostaron el instrumento en donde regularmente las personas comunes depositan sus nalgas y nos taparon con una cobija gris, pasaron tres horas hasta que una pinche patrulla de policía se percató de nuestro penar, teníamos huellas de todas las putas marcas de llantas que se comercializan en el país sobre nuestros maltrechos cuerpos. Los tecolotes no creyeron la historia y nos llevaron a la delegación bajo cargo de realizar prácticas homosexuales extremas, igualito que en Ámsterdam, le decían los muy pendejos al juez calificador. Alegamos que cuatro hembras armadas y peligrosas andaban sueltas por la ciudad y así como nosotros, cualquier otro joven decente estaba expuesto a caer en las garras de estas desalmadas. De nada sirvió la protesta, 72 horas sin derecho a fianza y sin desamarrarnos de la silla fue la brutal condena.
Decía la abuela de los Tigres del Norte “Aunque la jaula sea de oro no deja de ser prisión”.
PYRO
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