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Life sucks. Literalmente se traduce: “La vida succiona”, pero significa “la vida apesta”. De acuerdo, pero aún así hay quienes se atreven a esparcir algo de perfume, aunque sea lo último que hagan. Las dos historias siguientes tratan de personas pequeñas descubriendo que la grandeza mide lo mismo que su voluntad. Una de ellas es sólo una película clásica, y la otra sale de la realidad. ¿Cuál es cuál?

Ikiru ha trabajado toda su vida como un empleado gubernamental, y ahora, en su avanzada edad, es un anónimo jefe de departamento. O más bien, ha simulado serlo. Cuando algún ciudadano llega con una queja o deseo, el mandato es normalmente el mismo: “Si no es de rutina, mándalo a otro lado. No podemos ayudarle.” Toda su carrera se especializó en ajustarse al procedimiento y cuidar los números; nunca voltear más allá de su escritorio, nunca fraternizar con su gente, nunca destacar ni hacer ruido.

Un día, unos dolores lo llevan al médico, donde se entera a pesar de engaños que tiene un cáncer en el estómago, y le queda

 
medio año de vida. Al otro día, puesto que no puede comunicarse con sus hijos, quienes lo desdeñan, retira todo su dinero del banco y sale a perderse.
 

En su intento de emborracharse, se encuentra con un novelista vividor que se convierte en confidente de su deseo: Ikiru quiere gastar su pequeña fortuna en unos días. Así que lo lleva a un mundo escondido, donde se sumerge en juegos de azar, centros nocturnos y citas con prostitutas. Insatisfecho, el viejo regresa a casa, trata de enamorarse de una empleada, quien le rechaza pero recuerda sobre una petición que él mismo había rechazado: un parque familiar en una zona pobre y descuidada. Sorprendiendo a subalternos, colegas y patrones, mueve todas sus influencias, rompe reglas, ruega, se mete en problemas con funcionarios corruptos y... construye el parque. La noche que queda terminado, él es el primero en usar el columpio. Y ya no vuelve más... pero es recordado como ejemplo por todos sus colegas.

 

Jesús era sólo el hijo de un mecánico. Trabajaba muy duro desde niño, con el sueño de manejar los trenes. Aún siendo niño, consigue un pequeño empleo en las vías, y todos se sorprendieron cuando portó el título de ingeniero de máquinas antes que el bigote. Pronto se vuelve pieza clave de la mina. La vida le sonríe ampliamente.

   

Un día normal, desayunaba en el café de su madre cuando ella le pidió que se quedara. Le dijo que toda la noche anterior ladraron los perros, y los gallos cantaban de una manera tal… que anunciaban la muerte. Le rogó, pero él insistió; tenía mucha responsabilidad.

Un nuevo golpe de suerte: el conductor del tren que salía de la mina había enfermado, y el cargo era suyo. Con algunos ayudantes, llevó la locomotora a obtener una peligrosa carga de dinamita, que alguien colocó muy cerca del mecanismo de combustión.

Al llegar a una estación donde había almacenes y casas de trabajadores, incluyendo la de su familia, le informaron que una malla de seguridad no funcionaba. De pronto, surgió un fuego cerca de la dinamita que los trabajadores trataron de apagar, en vano. Muy pronto los hombres saltaron y trataron de sacar a Jesús. Entonces, en un momento de furia, Jesús voltea hacia el hombre que quería salvarlo. “¡Yo soy el ingeniero, sálvate tú!” Todos saltaron a refugiarse tras las piedras, y oyeron al maquinista acelerar el tren, llevándolo lejos de las casas.

De pronto, una explosión que se oyó a diez millas destrozó el tren y a Jesús. Todos los hombres sobrevivieron, y el pueblo nunca olvidó el susto, ni al ingeniero de máquinas.

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