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Una de las grandes maravillas de la vida es lo variada que puede ser. Eso sí, la muerte no se queda atrás. Uno puede vivir como muerto, morir por pasarse de vivo, a propósito, sin querer… En fin, barajando infinitas posibilidades es que mezclo las siguientes dos historias de vida y destrucción. Una de ellas la vi recién en una película y la otra en las noticias. A ver, adivínele, adivínele…

Un seco día de verano, Jennifer planchaba su ropa y aburrimiento viejos. Escuchó de pronto el anuncio del concurso de radio: "Aguántate la pii por un wii!", una de las novedosas consolas de videojuegos que sus hijos deseaban. Así que puso atención.

El concurso no sonaba difícil. Los jocosos conductores preguntaban quién podía tomar más agua sin ir al baño. Jennifer salió como un rayo a la estación.

 

 

Ahí, saludó gustosamente a sus 17 rivales, mostrándoles fotos de sus hijos. A la voz de arranque, le dieron a cada uno una botella de agua, con dos minutos para tomar. Uno por uno, los despreocupados comentaristas entrevistaban a los concursantes mientras éstos consumían hasta dos galones de agua.

Varias botellas después, los menos dispuestos fueron saliendo al baño hasta que sólo quedaban Jennifer y otra chica. Llegaron llamadas de radioescuchas preocupados; una era una enfermera, avisando que tomar demasiada agua era peligroso. Un conductor preguntó: "¿Puede uno tomar demasiada agua y morir?" Todos se burlaron.

Preguntaron a Jennifer:

- ¿Cuánto tiempo puedes seguir?

- Mientras mi estómago me deje. Lo malo es que me duele la cabeza.

Poco después, el dolor se volvió insoportable y Jennifer quedó en segundo lugar. Llamó al trabajo avisando que no iría, y fue a casa.

Un poco más tarde, la madre de Jennifer fue a visitarla. Al acercarse, notó que había muerto. Nadie se podía explicar por qué había sucedido. Unos días después, la autopsia lo confirmó: había sufrido de intoxicación por agua, una descompensación de sales que le inflamó el cerebro. La estación de radio reaccionó despidiendo a 10 personas de la producción del programa, y esperaron la demanda. Increíble o no, el mal ya había sido hecho, y los niños sólo querían jugar. con su mamá.

El esposo de Sara murió hace tiempo, y desde entonces ha vivido sola. Ha tenido malos días, y ahora pasa todo el día en su departamento llenándose de comida chatarra y viendo el mismo infomercial de pérdida de peso. Ya no le importa nada. Su hijo llega de vez en cuando de visita, pero más que nada para empeñar su televisión y poder pagar sus drogas.

     

Un día, recibe una llamada de un estudio de televisión. Se detona su fantasía de ser invitada, y admirada por sus amigas y sí misma. Fantasea con imágenes de su aparición al aire, y se imagina en su vestido rojo favorito ante las cámaras. Comienza una dieta y se pinta el cabello de rojo. Poco después, falla en su dieta, y comienza a tomar pastillas. Acude con un doctor que le receta irresponsablemente estimulantes.

 
 

Su hijo drogadicto se da cuenta y le pide que deje de tomarlas. Ella entonces se defiende. Le explica su soledad, su falta de autoestima, y sabe que su aparición en la televisión le dará un nuevo sentido a su vida y que se sentirá importante de nuevo. Pero conforme avanzan las semanas, comienzan sus alucinaciones, pequeñas al principio pero cada vez más reales, más disparatadas y más intensas. Acude de nuevo al doctor, que le receta Valium. La situación se vuelve peor. Todavía con el sueño de re-estrenar su vestido rojo, con el sueño de perder más kilos, Sara comienza a caer en espiral. Ya su hijo no la puede salvar. Termina en el hospital psiquiátrico, recibiendo shocks eléctricos y alimentada a la fuerza.

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