
Por Prometeo
Mi infancia, tu infancia, transcurre bella sobre una tersa nube de egoísmo: venimos al mundo para que nos apapachen y cumplan nuestros caprichos. Aún sin conceptos de la vida, más allá de las caricaturas y los ‘jimanes’, todo puede llegar a parecer eterno, pero termina la fantasía hasta que algún estúpido nos alecciona con esa verdad que en mi caso parecía fatal: algún día, vas a crecer, vas a ser adulto, papá, y tendrás tus propios hijos. ¿Seré como esos hijos de puta, mamones, arrogantes, que beben, fuman, juegan cartas, se agraden verbalmente, y se dan de chingadazos? ¿Regañaré a mi hijo porque se enloda y se mancha la ropa cuando todo lo que hizo fue derrotar a Skeletor? Fue deprimente, aterrador, pero no tanto como cuando me enteré por culpa de un perro Alaska que existe algo llamado muerte: un domingo amaneció sin vida al pie de la puerta del patio.
Cuando te enteras de que algún día te volverás como aquel cuerpo canino peludo, y sin vida, antes alegre y por momentos enojón, y ahora inerte como una almohada, las noches dejan de ser el temor por los fantasmas y demás chingaderas que se ocultan en la oscuridad. Ahora, hay un elemento nuevo: que al cerrar los ojos, jamás los vuelva a abrir.
El miedo a la muerte me ha atormentado desde chamaco, y francamente, lo sigue haciendo. ¿Cómo no perder la cordura cuando uno (como buen ateo) está conciente de que al momento de perder el aliento dejaremos de existir? Adiós a mis apodos, a mis apellidos, mis perversiones, mis chaquetas matutinas, mis cajetillas de cigarros, el ron con coca, mis miedos al compromiso, a mis pelos grifos, a mis barbas sucias, a mis nalgas peludas, a mis ojos, a los partidos de la selección mexicana… Adiós y bienvenido el mundo como era antes de mi nacimiento: nada. La muerte me ocupa a todo momento, pero apenas si puedo imaginar lo que será cuando llegue a cruzar la frontera de los setenta años.
Hemos dado paso al tema que es pretexto para esta columna inaugural de La Náusea: los viejitos. ¿Cómo pueden vivir sabiendo que en cualquier momento se les escapará el aire? ¿Cómo pueden estar tan tranquilos en sus mecedoras, madrugando, sabiendo que ya están más cerca que nunca de la muerte? Yo, cuando llegue a tal edad, lo adelanto, me volveré loco, las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año, atormentándome por lo inevitable: no mames, ya me voy a morir, ya valió verga, ¿para qué soporté tanto el miedo a la muerte si ahora ya se multiplicó al mismo tiempo que mis canas y mis arrugas?
Pero es admirable esa postura gallarda (no erguida porque se encojen), aguardando el fin de sus días con la esperanza de que no todo queda ahí, en el postrer aliento. En ciertos casos me imagino que algunos han de tener la vaga esperanza de que no morirán, y los alcanzará una especie de Apocalipsis y que serán rescatados del maquillaje y los espantosos rituales entre rezos por el descanso de sus almas. “Qué se me hace que algo va a pasar”, pensaría yo, “algo tiene que aparecer de la nada para salvarme, algo que no hizo nada por los millones de muertos humanos”. Es una especie de esperanza similar a la que tienen varios futboleros: en el partido en vivo, su equipo perdió. Ven las repeticiones, y aunque lo nieguen, fantasean con que en ellas aquel gol que se incrustó en las redes de su equipo, no entrará esta vez, que ese gol que mató sus ilusiones de victoria saldrá a unos metros de la portería. Así lo imagino, ¿de qué otra forma soportar la inminencia de que nos cargue la chingada?
Bueno, suficiente con el miedo a la muerte, y concentrémonos en otra fatalidad de la tercera edad. En algunas culturas, incluso europeas por ahí del mundo antiguo, se tenía la costumbre muy práctica de deshacerse de los viejos, para evitarse la molestia de preocuparse por ellos. Sin más, los mataban. Determinada edad y ya sólo servían para relatar inagotables anécdotas y su experiencia presuntuosa. “Mejor hay que darles mate en lugar de que se anden regodeando con el trabajo de otros”, parecía decir la premisa. Es entonces que aparece ese otro conflicto relacionado: la inutilidad de la ancianidad. Porque, seamos francos (aunque equivalga a ser crueles): son inútiles. Por más que se regodeen de que se las saben de todas todas, sus consejos pueden llegar a ser desastrosos sobre todo por ser una época muy diferente a la que vivieron. Yo no me la creo, y prefiero aprender dándome de putazos yo solito, cayéndome una y otra vez de la misma azotea hasta que aprenda que eso duele, en lugar de seguir un consejo cuyo contexto tiene como referencia los años cuarentas.
Por regresarle su lugar de persona que ha dado la vida por su ciudad (o por sí mismo), pretendemos darles un reconocimiento, y eso me parece perfecto. A final de cuentas, yo algún día seré viejo y qué mejor que recibir una buena gratificación por mis años de joven quejándome de los viejos. Pero eso no me quita mi percepción de esa realidad: que yo, humano, género masculino (diecisiete centímetros lo comprueban, arribita de la media nacional, lo que de todos modos no me hace un semental porno), soy bebé, niño, adolescente, joven, joven adulto, adulto mayor, anciano… Y no me queda de otra que reconocerlo: algún día, muy probablemente hastiado de vivir, me veré al espejo y me veré con el pelo cubierto de blanco, con mi piel arrugada como una hoja de papel, sin reflejos, con dificultad al caminar, al orinar, los ojos cayéndose por una catarata que escurre por las mejillas, con la intención de sentirme útil pero con serias dificultades para pararme de la silla, con jóvenes que por lástima querrán darme alguna ocupación para demostrarme (¡a mí, a mí, que soy viejo y me las sé de todas todas!) que todavía puedo ser útil, que todavía puedo hacer algo productivo para sentirme mejor. Pero les responderé, gallardo (y encogido): No me estén chingando, no me jodan, y lo más importante de todo, ¡no mamen! Estoy viejo, apenas si puedo recordar dónde nacía ¡y quieres que me ponga a ayudarte a pelar papas, nieta de mierda! No, prefiero disfrutar mi inutilidad y atormentarme con saber que en cualquier momento me voy a morir. Pero no te rías, escuincla, que ya te veré llena de várices.
No todos llegaremos, desde luego, pero al menos bien vale la pena saber lo que se viene. Esos reconocimientos que mencioné unas líneas atrás, en realidad no existen, son tan ficticios como el paraíso que nos aguarda al final de otra ficción llamada túnel. Seremos igual de latosos que los bebés, con la única diferencia que ya no tendremos potencial y no tendrán sentido los cuidados invertidos en nosotros más que aliviar el cargo de conciencia de los hijos. Ojetes. A ellos les tocará vivir lo mismo.
Saludos a mis ancianos queridos, que tanta belleza en sus manos gastadas, me inspiraron a escribir estas líneas tan salvajes, como verdaderas (y todo lo verdadero, por definición socrática, es bello).
¡Y salud por la polilla!
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